Diez Hombres Justos.
Caná ha sido recordada por más de 2000 años como el lugar donde Jesucristo realizó su primer milagro. Por estos días, muy penosamente, esta ciudad ha vuelto a la luz pública, y no precisamente para glorificar los milagros de Dios, sino todo lo contrario, para llorar las miserias del Hombre. Caná salió de las páginas de La Biblia pintada en agua bendita, en bodas y en vino, para ser apenas reconocida hoy en sus ruinas de destrucción y muerte, teñidas de sangre inocente, luego de los bombardeos israelíes que asesinaron a 57 víctimas civiles que allí vivían, y que nada tenían que ver con la milicia de Hizbollá. De esos 57 indefensos seres humanos que fueron masacrados por las bombas judías, 37 eran niños. El resto eran casi todas mujeres, --las propias madres de esos niños--, que murieron abrazadas a sus hijos tratando de protegerlos de toda esta insana demencia de aniquilamiento, sin mirar a quien, que ha caracterizado a las incursiones aéreas judías en el sur del Líbano.
Creíamos que la masacre de la ciudad bíblica había sido la peor de todas las ocurridas durante esta guerra, pero nos equivocamos. Apenas comenzada esta frágil tregua, y luego que las cámaras de la BBC pudieran recorrer el largo camino de la desolación y el terror de los lugares bombardeados, descubrimos que infinidad de aldeas y ciudades han quedado desvastadas y vacías, tal como si hubieran sido arrasadas por un terremoto de escala mayor. Comprobamos, llenos de horror, que el sur del Líbano ha quedado plagado de tragedias como las de Caná. La periodista de la BBC termina su conmovedor trayecto de varios kilómetros en una ciudad derruida y sin gente, con todos sus edificios y casas severamente dañadas. No quedaba nadie. De los más de 7.000 pobladores que allí residían tan sólo pudo encontrar a tres señoras mayores que no habían podido escapar. La llevaron hasta una casa que tenía un inmenso agujero en una de sus paredes principales por donde se podía entrar parado. Dentro de la casa había una anciana que no podía caminar y que había permanecido escondida dentro del baño por muchos días. Frente al agujero contra la pared opuesta había un montículo de piedras y escombros. Allí debajo yacían muertos los dos familiares que vivían con la anciana. La tumba la habían improvisado estas propias señoras que, aún aturdidas, le contaron que hacía seis días que no podían dormir por el ruido de los cohetes y por el olor de la muerte que no las dejaba en paz. La periodista, sin poder hacer otra cosa, se comprometió a gestionarles la ayuda de la Cruz Roja.
El comienzo de esta escalada bélica fue justificado por el secuestro de dos soldados israelíes a manos de los milicianos de Hizbollá. En ese momento bajo ningún concepto se quiso negociar y para rescatarlos se comenzó el ataque. Luego de más de un mes de bombardeos indiscriminados, que obviamente no consiguieron la liberación de los dos soldados, resulta que la canciller israelí Tzipi Livni termina aceptando que ese es un tema sobre el que habrá que negociar. Lástima que este cambió de parecer llegó tan tarde Ya han muerto más de 1100 libaneses y más de 150 judíos en esta guerra. Casi un millón de personas fueron desplazados de sus hogares en el sur del Líbano, debiendo huir a donde pudieran. Se estiman en 3600 millones de dólares los daños causados por los bombardeos de Israel. ¿Valió la pena un conflicto de estas características que tenía como objetivo liquidar a los terroristas de Hizbollá? Creemos que no. Además, dicho objetivo ha estado muy lejos de ser alcanzado. Como siempre, aunque no quieran aceptarlo, se ha asesinado a civiles que poco o nada tenían que ver con la milicia armada. Esta es la descarnada verdad.
A pesar de todo esto, el primer ministro Ehud Olmert sigue justificando las acciones del ejército hebreo en términos de autodefensa. Pero, ¿hasta dónde llega la autodefensa? Está muy bien que todo el Mundo condene los actos terroristas cuando los cometen los fundamentalistas árabes. Todos los reprobamos. No puede ser de otro modo. Pero cuando es el propio Estado de Israel el que comete ataques terroristas, -- vamos a llamarles a las cosas por su nombre--, resulta que estos atentados y asesinatos se vuelven actos de legítima defensa. En esta lógica perversa, matar a observadores de la ONU o asesinar a niños y mujeres inocentes en Caná es un acto de legítima defensa. Cuando se lanza un misil contra tal o cual dirigente de Hamás, a su casa o a su auto, y es lisa y llanamente ejecutado en vez de ser detenido y ser juzgado, esto también es un acto de legítima defensa. Cuando en 1973 un comando israelí integrado por Ehud Barak (quien luego sería primer ministro) asesinó sin miramientos a dirigentes de la OLP en un apartamento de Beirut para vengar la muerte de los atletas judíos de las olimpíadas de Munich, esto también fue un acto de legítima defensa. Ni la comunidad internacional, ni los países amigos de Israel, ni la ONU jamás, han condenado estas acciones del Estado Judío que, muy penosamente, han sido miles y no se terminan nunca.
Si hacemos un somero repaso a la Historia, notaremos como por cientos y cientos de años, árabes y judíos han sabido convivir en Paz la mayoría del tiempo. Todo cambió a partir de la acción del Movimiento Sionista Internacional que durante las primeras décadas del siglo XX reclamó por muy variados métodos (también mediante atentados terroristas, ataques guerrilleros y asentamientos ilegales) una Patria para los judíos en la Tierra Prometida. Finalmente tuvieron éxito y en 1948, por mandato de la ONU, se fundó el Estado de Israel en Palestina. A partir de allí se comenzó a desplazar de su hogar a los palestinos que huyeron básicamente a Jordania. Esto originó la primera guerra árabe-israelí. Pero esto no se quedó ahí. En las sucesivas guerras, Israel fue ocupando y anexando nuevos territorios de sus vecinos árabes (Nazaret, los altos del Golán, la franja de Gaza, la parte árabe de Jerusalén y Cisjordania) que aumentaron prácticamente en un 50% su territorio original fijado por la ONU. Con el transcurrir de los años Israel, gracias al desembozado apoyo de EEUU, se convirtió en una muy poderosa potencia militar. Posee arsenal atómico y se ha denunciado que en el Líbano se han utilizado armas químicas por los restos de fósforo hallados en varios de los lugares atacados Han sido casi 60 años de guerras y conflictos donde han hecho campo fértil el rencor y la desconfianza mutua como moneda corriente.
Debemos reconocer que Israel ha dado un primer paso reconociendo una autonomía muy restringida para los palestinos en alguno de los territorios ocupados (la minúscula franja de Gaza y la ciudad de Jericó). Lamentablemente en los últimos tiempos esos mismos territorios autónomos han sido cercados por inmensas murallas controladas por el ejército israelí que aíslan y marginan a esas zonas que se van convirtiendo en verdaderos ghettos, donde la pobreza, la desocupación y la falta de servicios crecen a pasos agigantados. Más aún desde que la Unión Europea decidió la suspensión de la ayuda económica a la Autoridad Palestina. La propia Nación Judía que ha sufrido en carne propia la segregación, la marginación y el exterminio en épocas muy oscuras para la Humanidad cuando el nazismo se ensañó contra su pueblo, debería reconocer que estas formas de convivencia sólo pueden encubar mayores odios. Desafortunadamente también, esta guerra sin sentido, colmada de actos de destrucción y barbarie, conduce inevitablemente a abonar aún más la sed de venganza, como si ya fuera poca la existente en los fundamentalistas árabes. Incluso, de este modo, se termina dando una mayor base social de respaldo a los milicianos, que han pasado a convertirse poco menos que en héroes, luego de todas las atrocidades cometidas por Israel contra el pueblo del Líbano.
Cuando Abraham suplicó a Dios que evitara la destrucción de Sodoma y Gomorra, Dios prometió que salvaría las ciudades si el padre de los hebreos podía encontrar tan sólo a diez hombres justos. Abraham no pudo conseguir a ninguno y Dios cumplió su promesa y las ciudades desaparecieron bajo una lluvia de azufre y fuego. En este presente tan ingrato muchos lugares del Cercano Oriente, --donde tanto para unos como para otros se encierran todos los pecados--, también han sido destruidos por una lluvia de azufre y fuego. Nadie lo duda, aún siendo árabe, judío, o cristiano: mientras se sigan matando a niños inocentes nunca podrán nacer lo diez hombres justos que eviten la destrucción y traigan la Paz a la región.
José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com
Montevideo - Uruguay
Caná ha sido recordada por más de 2000 años como el lugar donde Jesucristo realizó su primer milagro. Por estos días, muy penosamente, esta ciudad ha vuelto a la luz pública, y no precisamente para glorificar los milagros de Dios, sino todo lo contrario, para llorar las miserias del Hombre. Caná salió de las páginas de La Biblia pintada en agua bendita, en bodas y en vino, para ser apenas reconocida hoy en sus ruinas de destrucción y muerte, teñidas de sangre inocente, luego de los bombardeos israelíes que asesinaron a 57 víctimas civiles que allí vivían, y que nada tenían que ver con la milicia de Hizbollá. De esos 57 indefensos seres humanos que fueron masacrados por las bombas judías, 37 eran niños. El resto eran casi todas mujeres, --las propias madres de esos niños--, que murieron abrazadas a sus hijos tratando de protegerlos de toda esta insana demencia de aniquilamiento, sin mirar a quien, que ha caracterizado a las incursiones aéreas judías en el sur del Líbano.
Creíamos que la masacre de la ciudad bíblica había sido la peor de todas las ocurridas durante esta guerra, pero nos equivocamos. Apenas comenzada esta frágil tregua, y luego que las cámaras de la BBC pudieran recorrer el largo camino de la desolación y el terror de los lugares bombardeados, descubrimos que infinidad de aldeas y ciudades han quedado desvastadas y vacías, tal como si hubieran sido arrasadas por un terremoto de escala mayor. Comprobamos, llenos de horror, que el sur del Líbano ha quedado plagado de tragedias como las de Caná. La periodista de la BBC termina su conmovedor trayecto de varios kilómetros en una ciudad derruida y sin gente, con todos sus edificios y casas severamente dañadas. No quedaba nadie. De los más de 7.000 pobladores que allí residían tan sólo pudo encontrar a tres señoras mayores que no habían podido escapar. La llevaron hasta una casa que tenía un inmenso agujero en una de sus paredes principales por donde se podía entrar parado. Dentro de la casa había una anciana que no podía caminar y que había permanecido escondida dentro del baño por muchos días. Frente al agujero contra la pared opuesta había un montículo de piedras y escombros. Allí debajo yacían muertos los dos familiares que vivían con la anciana. La tumba la habían improvisado estas propias señoras que, aún aturdidas, le contaron que hacía seis días que no podían dormir por el ruido de los cohetes y por el olor de la muerte que no las dejaba en paz. La periodista, sin poder hacer otra cosa, se comprometió a gestionarles la ayuda de la Cruz Roja.
El comienzo de esta escalada bélica fue justificado por el secuestro de dos soldados israelíes a manos de los milicianos de Hizbollá. En ese momento bajo ningún concepto se quiso negociar y para rescatarlos se comenzó el ataque. Luego de más de un mes de bombardeos indiscriminados, que obviamente no consiguieron la liberación de los dos soldados, resulta que la canciller israelí Tzipi Livni termina aceptando que ese es un tema sobre el que habrá que negociar. Lástima que este cambió de parecer llegó tan tarde Ya han muerto más de 1100 libaneses y más de 150 judíos en esta guerra. Casi un millón de personas fueron desplazados de sus hogares en el sur del Líbano, debiendo huir a donde pudieran. Se estiman en 3600 millones de dólares los daños causados por los bombardeos de Israel. ¿Valió la pena un conflicto de estas características que tenía como objetivo liquidar a los terroristas de Hizbollá? Creemos que no. Además, dicho objetivo ha estado muy lejos de ser alcanzado. Como siempre, aunque no quieran aceptarlo, se ha asesinado a civiles que poco o nada tenían que ver con la milicia armada. Esta es la descarnada verdad.
A pesar de todo esto, el primer ministro Ehud Olmert sigue justificando las acciones del ejército hebreo en términos de autodefensa. Pero, ¿hasta dónde llega la autodefensa? Está muy bien que todo el Mundo condene los actos terroristas cuando los cometen los fundamentalistas árabes. Todos los reprobamos. No puede ser de otro modo. Pero cuando es el propio Estado de Israel el que comete ataques terroristas, -- vamos a llamarles a las cosas por su nombre--, resulta que estos atentados y asesinatos se vuelven actos de legítima defensa. En esta lógica perversa, matar a observadores de la ONU o asesinar a niños y mujeres inocentes en Caná es un acto de legítima defensa. Cuando se lanza un misil contra tal o cual dirigente de Hamás, a su casa o a su auto, y es lisa y llanamente ejecutado en vez de ser detenido y ser juzgado, esto también es un acto de legítima defensa. Cuando en 1973 un comando israelí integrado por Ehud Barak (quien luego sería primer ministro) asesinó sin miramientos a dirigentes de la OLP en un apartamento de Beirut para vengar la muerte de los atletas judíos de las olimpíadas de Munich, esto también fue un acto de legítima defensa. Ni la comunidad internacional, ni los países amigos de Israel, ni la ONU jamás, han condenado estas acciones del Estado Judío que, muy penosamente, han sido miles y no se terminan nunca.
Si hacemos un somero repaso a la Historia, notaremos como por cientos y cientos de años, árabes y judíos han sabido convivir en Paz la mayoría del tiempo. Todo cambió a partir de la acción del Movimiento Sionista Internacional que durante las primeras décadas del siglo XX reclamó por muy variados métodos (también mediante atentados terroristas, ataques guerrilleros y asentamientos ilegales) una Patria para los judíos en la Tierra Prometida. Finalmente tuvieron éxito y en 1948, por mandato de la ONU, se fundó el Estado de Israel en Palestina. A partir de allí se comenzó a desplazar de su hogar a los palestinos que huyeron básicamente a Jordania. Esto originó la primera guerra árabe-israelí. Pero esto no se quedó ahí. En las sucesivas guerras, Israel fue ocupando y anexando nuevos territorios de sus vecinos árabes (Nazaret, los altos del Golán, la franja de Gaza, la parte árabe de Jerusalén y Cisjordania) que aumentaron prácticamente en un 50% su territorio original fijado por la ONU. Con el transcurrir de los años Israel, gracias al desembozado apoyo de EEUU, se convirtió en una muy poderosa potencia militar. Posee arsenal atómico y se ha denunciado que en el Líbano se han utilizado armas químicas por los restos de fósforo hallados en varios de los lugares atacados Han sido casi 60 años de guerras y conflictos donde han hecho campo fértil el rencor y la desconfianza mutua como moneda corriente.
Debemos reconocer que Israel ha dado un primer paso reconociendo una autonomía muy restringida para los palestinos en alguno de los territorios ocupados (la minúscula franja de Gaza y la ciudad de Jericó). Lamentablemente en los últimos tiempos esos mismos territorios autónomos han sido cercados por inmensas murallas controladas por el ejército israelí que aíslan y marginan a esas zonas que se van convirtiendo en verdaderos ghettos, donde la pobreza, la desocupación y la falta de servicios crecen a pasos agigantados. Más aún desde que la Unión Europea decidió la suspensión de la ayuda económica a la Autoridad Palestina. La propia Nación Judía que ha sufrido en carne propia la segregación, la marginación y el exterminio en épocas muy oscuras para la Humanidad cuando el nazismo se ensañó contra su pueblo, debería reconocer que estas formas de convivencia sólo pueden encubar mayores odios. Desafortunadamente también, esta guerra sin sentido, colmada de actos de destrucción y barbarie, conduce inevitablemente a abonar aún más la sed de venganza, como si ya fuera poca la existente en los fundamentalistas árabes. Incluso, de este modo, se termina dando una mayor base social de respaldo a los milicianos, que han pasado a convertirse poco menos que en héroes, luego de todas las atrocidades cometidas por Israel contra el pueblo del Líbano.
Cuando Abraham suplicó a Dios que evitara la destrucción de Sodoma y Gomorra, Dios prometió que salvaría las ciudades si el padre de los hebreos podía encontrar tan sólo a diez hombres justos. Abraham no pudo conseguir a ninguno y Dios cumplió su promesa y las ciudades desaparecieron bajo una lluvia de azufre y fuego. En este presente tan ingrato muchos lugares del Cercano Oriente, --donde tanto para unos como para otros se encierran todos los pecados--, también han sido destruidos por una lluvia de azufre y fuego. Nadie lo duda, aún siendo árabe, judío, o cristiano: mientras se sigan matando a niños inocentes nunca podrán nacer lo diez hombres justos que eviten la destrucción y traigan la Paz a la región.
José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com
Montevideo - Uruguay

