A UN AÑO DEL KATRINA.
El acontecimiento de una calamidad hace que emerja, casi sin términos medios, lo mejor y lo peor del género humano. Son situaciones tan extremas que desnudan al hombre de todo ropaje para enfrentar a la adversidad tal cual es: con la mejor de sus bondades o con la peor de sus miserias. A las organizaciones políticas y sociales que esos hombres encarnan, lamentablemente, les sucede lo mismo, o tal vez, aún peor. La catástrofe que sufrió la ciudad de Nueva Orleáns, luego del pasaje del huracán Katrina, hace un año ya, dejó palmariamente en claro cuáles son las bondades, y cuántas más son las miserias del modelo político y social que los norteamericanos se vanaglorian de tener.
Más allá del mea culpa público que el propio Bush realizó en el aniversario del devastador ciclón, donde admitió los terribles errores cometidos entonces, esta tragedia mostró en carne propia, y sin ningún pudor, que en Estados Unidos también la desigualdad y la exclusión son moneda corriente, a pesar de que estos hechos se traten de soslayar ante la opulencia del discurso oficial. Discurso oficial que todos los medios yankis han sabido magnificar desde siempre, cumpliendo muy bien con la tarea de querernos vender la idea de que el sueño americano existe. Aunque, precisamente, no haya sido así en los suburbios de Nueva Orleáns, ni que tampoco ocurra en tantos otros lugares que sería muy largo de enumerar. Los huracanados vientos del Katrina también volaron las apariencias de fachada de un "gran país del norte" que no es tal, y esto fue lo que más hizo sufrir a los círculos de poder norteamericanos. Ni las 1500 víctimas, ni las ruinas del desastre, han dolido tanto como las imágenes de una "América" que se salió del libreto. Aunque no quieran reconocerlo fue así: esta calamidad trajo a la luz pública la cara oculta de una realidad que ni la televisión estadounidense, ni el cine de Hollywood nos muestran. La cara oscura de una sociedad que aún siendo la más rica del mundo, deja que la pobreza y que la marginación peguen muy duro. De una sociedad que a sabiendas permite que esa pobreza y esa marginación, se tiña de negro. Este desastre demostró, sin medias tintas, cuáles son las condiciones de vida de los norteamericanos pobres, que en su inmensa mayoría son negros. Mal que les pese a muchos de sus dirigentes, y aunque el establishment norteamericano haya tratado de esconder este mal en los últimos años, una vez más quedó en clara evidencia como todavía los negros norteamericanos siguen siendo segregados y discriminados. Los propios hechos hablan por sí solos y nos llaman a la reflexión.
¿Cuáles fueron las razones que llevaron a las autoridades norteamericanas a reaccionar tan tardíamente y tan mal? Si tenemos en cuenta la inmensa maquinaria logística y de guerra con que cuenta la gran potencia del norte, todo haría pensar que una catástrofe de este tipo podría haber sido superada rápidamente. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. El propio presidente Bush tardó cuatro días en llegar al lugar de la tragedia (y para esto debió interrumpir sus vacaciones). El grueso de la ayuda demoró más de una semana. Claro está, en los suburbios de Nueva Orleáns no hay pozos de petróleo y sólo viven negros y pobres. En esos aledaños anegados no se escondían ninguno de los intereses estratégicos que hicieron que se dispusieran 140.000 soldados para su custodia, como resultó en Irak. Los reclamos de los damnificados, estupendamente ejemplificados en los gritos de una mujer negra de uno de los ghettos totalmente inundados, exigiendo la ayuda que no llegaba y que merecía, porque aún siendo pobre y negra, era también norteamericana, eximen de todo comentario aunque nos reavivan la memoria. La memoria de un hombre sin par de este país que tuvo un gran sueño que todavía hoy, a 43 años de ser proclamado, sigue sin cumplirse. Nos recuerda a Martin Luther King, quien pagó con su vida por la defensa de aquel sueño. Sueño que entre otras cosas pedía que en su Nación, algún día, sus hijos no fueran juzgados por el color de su piel, sino por la integridad de su carácter. Ese día, por más que se empeñen en demostrar otra cosa, todavía no ha llegado.
Por otra parte, qué diferente que resultó el comportamiento tardío y dubitativo de Bush para enfrentar la calamidad en Nueva Orleáns, a cómo se plantó urgente y decidido en la ocasión de la caída de las Torres Gemelas. El atentado de Nueva York fue muy sabiamente aprovechado por el presidente y todo su séquito. De ello supo hacerse una cuestión de honor para los norteamericanos, una cuestión de patriotismo menoscabado, de nacionalismo ultrajado frente al terrorismo fundamentalista. Se edificó así la "justificación moral" para la invasión de Afganistán, y no se perdió ni un minuto en hacerlo. Luego, -y parafraseando la vieja película-, por un puñado de pozos de petróleo, tuvo que irse un poco más lejos e invadir Irak, so pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva que, vaya casualidad, nunca aparecieron. Incluso en esta empresa se contó con socios colaboradores, de modo de no quedar solos en los créditos, como el Reino Unido, Italia y la España de Aznar, que sin duda andaban con muchas ganas de recoger algunas de las migajas que resultaran de repartir la torta, que a la postre resultó ser un exclusivo "american pie".
Pero hilando un poco más fino, y después de haber vivido en carne propia la furia de este huracán, la Casa Blanca podrá seguir haciendo oídos sordos a todos los ambientalistas que desde hace años vienen advirtiendo de la mayor ocurrencia de estos ciclones. Estados Unidos es el principal contaminante y emisor de los gases que producen el efecto invernadero, -más de la mitad de todos los emitidos en el planeta- que han elevado la temperatura de la atmósfera de todo el mundo, y en especial la del Caribe, donde estos fenómenos están surgiendo con mayor periodicidad y virulencia. ¿Por qué razón el gobierno de Bush se ha negado sistemáticamente a suscribir el Protocolo de Kyoto que entre otras cosas, limita la emisión de estos gases de efecto invernadero? ¿Será que imponer los mayores costos de una producción "limpia" a la industria del país del norte, pueda acelerar el franco retroceso que sufre la economía norteamericana ante la competencia de las potencias emergentes como China, la India y Brasil? ¿Será que imponer restricciones al desenfrenado consumismo, que invariablemente termina arrasando con tantos recursos naturales, menoscabará el tan mentado "american way of life"? Sabemos que el sistema nunca tolerará que por cualquiera de estas vías se vea afectado el mandamiento supremo del lucro, y mucho menos, que se ponga en tela de juicio el liderazgo que las corporaciones yankis creen poseer de forma omnipotente y también, globalización mediante, omnipresente. Y esto sí que vuelve todo más peligroso, porque detrás de este mandato casi divino, que ya ha comenzado a desmoronarse, está el aparato militar más poderosa del mundo, dispuesto a defender a sangre y fuego el status quo, como lo ha hecho siempre, pero desde que el mundo se ha vuelto unipolar, mucho más aún.
El capitalismo norteamericano, todopoderoso, infalible e inexpugnable, que en la década del 50’ acaparaba más de la mitad de la riqueza del mundo, y que hoy apenas supera el 20 % de la misma, se ve jaqueado por su flanco externo con una balanza comercial que viene siendo negativa desde hace años. Pero también está haciendo mucha agua en lo interno: déficit fiscal crónico, depreciación del dólar, proyecciones de quiebra en los seguros médicos para los próximos 25 años, desempleo y gasto militar crecientes, otro tanto sucede con las tasas de interés y la inflación, para citar tan sólo alguno de los males. Es un dato casi obvio que en el largo plazo la economía norteamericana pasará a un segundo plano. Estados Unidos podrá seguir siendo una gran potencia militar, pero inexorablemente perderá su predomino económico. Tal vez sea esta la razón de fondo de las últimas actitudes belicistas de dominación y conquista que buscan asegurarse el petróleo que, por lejos, es el principal insumo de la economía yanki. Pero como el petróleo de Irak no parece haber sido el suficiente, ya están ajustando la mira para darle duro a Irán, para "salvarnos" del peligro que representa su programa de energía atómica. Pero, ¿quién podrá salvarnos de la amenaza tantas veces concretada que son los propios Estados Unidos? ¿Cuándo la comunidad internacional se pondrá firme y dirá basta a todos estos desmanes? Bien sabemos que es una mera expresión de deseo, pero, ojalá que sea pronto.
Esperemos, entonces, por nuestros hijos y nietos, y por la supervivencia de la raza humana toda, que la vocación belicista que ha caracterizado a este nuevo Imperio de Occidente, gran gendarme que no sabe de límites y que está dispuesto a todo por no perder su predominio, -lo que también en este sentido lo hace parecerse tanto a la Roma decadente-, pueda ser puesto en su lugar por el resto del mundo, o lamentablemente todo el mundo dejará de ser tal, por lo menos, para la vida humana.
José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com
Montevideo - Uruguay
El acontecimiento de una calamidad hace que emerja, casi sin términos medios, lo mejor y lo peor del género humano. Son situaciones tan extremas que desnudan al hombre de todo ropaje para enfrentar a la adversidad tal cual es: con la mejor de sus bondades o con la peor de sus miserias. A las organizaciones políticas y sociales que esos hombres encarnan, lamentablemente, les sucede lo mismo, o tal vez, aún peor. La catástrofe que sufrió la ciudad de Nueva Orleáns, luego del pasaje del huracán Katrina, hace un año ya, dejó palmariamente en claro cuáles son las bondades, y cuántas más son las miserias del modelo político y social que los norteamericanos se vanaglorian de tener.
Más allá del mea culpa público que el propio Bush realizó en el aniversario del devastador ciclón, donde admitió los terribles errores cometidos entonces, esta tragedia mostró en carne propia, y sin ningún pudor, que en Estados Unidos también la desigualdad y la exclusión son moneda corriente, a pesar de que estos hechos se traten de soslayar ante la opulencia del discurso oficial. Discurso oficial que todos los medios yankis han sabido magnificar desde siempre, cumpliendo muy bien con la tarea de querernos vender la idea de que el sueño americano existe. Aunque, precisamente, no haya sido así en los suburbios de Nueva Orleáns, ni que tampoco ocurra en tantos otros lugares que sería muy largo de enumerar. Los huracanados vientos del Katrina también volaron las apariencias de fachada de un "gran país del norte" que no es tal, y esto fue lo que más hizo sufrir a los círculos de poder norteamericanos. Ni las 1500 víctimas, ni las ruinas del desastre, han dolido tanto como las imágenes de una "América" que se salió del libreto. Aunque no quieran reconocerlo fue así: esta calamidad trajo a la luz pública la cara oculta de una realidad que ni la televisión estadounidense, ni el cine de Hollywood nos muestran. La cara oscura de una sociedad que aún siendo la más rica del mundo, deja que la pobreza y que la marginación peguen muy duro. De una sociedad que a sabiendas permite que esa pobreza y esa marginación, se tiña de negro. Este desastre demostró, sin medias tintas, cuáles son las condiciones de vida de los norteamericanos pobres, que en su inmensa mayoría son negros. Mal que les pese a muchos de sus dirigentes, y aunque el establishment norteamericano haya tratado de esconder este mal en los últimos años, una vez más quedó en clara evidencia como todavía los negros norteamericanos siguen siendo segregados y discriminados. Los propios hechos hablan por sí solos y nos llaman a la reflexión.
¿Cuáles fueron las razones que llevaron a las autoridades norteamericanas a reaccionar tan tardíamente y tan mal? Si tenemos en cuenta la inmensa maquinaria logística y de guerra con que cuenta la gran potencia del norte, todo haría pensar que una catástrofe de este tipo podría haber sido superada rápidamente. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. El propio presidente Bush tardó cuatro días en llegar al lugar de la tragedia (y para esto debió interrumpir sus vacaciones). El grueso de la ayuda demoró más de una semana. Claro está, en los suburbios de Nueva Orleáns no hay pozos de petróleo y sólo viven negros y pobres. En esos aledaños anegados no se escondían ninguno de los intereses estratégicos que hicieron que se dispusieran 140.000 soldados para su custodia, como resultó en Irak. Los reclamos de los damnificados, estupendamente ejemplificados en los gritos de una mujer negra de uno de los ghettos totalmente inundados, exigiendo la ayuda que no llegaba y que merecía, porque aún siendo pobre y negra, era también norteamericana, eximen de todo comentario aunque nos reavivan la memoria. La memoria de un hombre sin par de este país que tuvo un gran sueño que todavía hoy, a 43 años de ser proclamado, sigue sin cumplirse. Nos recuerda a Martin Luther King, quien pagó con su vida por la defensa de aquel sueño. Sueño que entre otras cosas pedía que en su Nación, algún día, sus hijos no fueran juzgados por el color de su piel, sino por la integridad de su carácter. Ese día, por más que se empeñen en demostrar otra cosa, todavía no ha llegado.
Por otra parte, qué diferente que resultó el comportamiento tardío y dubitativo de Bush para enfrentar la calamidad en Nueva Orleáns, a cómo se plantó urgente y decidido en la ocasión de la caída de las Torres Gemelas. El atentado de Nueva York fue muy sabiamente aprovechado por el presidente y todo su séquito. De ello supo hacerse una cuestión de honor para los norteamericanos, una cuestión de patriotismo menoscabado, de nacionalismo ultrajado frente al terrorismo fundamentalista. Se edificó así la "justificación moral" para la invasión de Afganistán, y no se perdió ni un minuto en hacerlo. Luego, -y parafraseando la vieja película-, por un puñado de pozos de petróleo, tuvo que irse un poco más lejos e invadir Irak, so pretexto de la existencia de armas de destrucción masiva que, vaya casualidad, nunca aparecieron. Incluso en esta empresa se contó con socios colaboradores, de modo de no quedar solos en los créditos, como el Reino Unido, Italia y la España de Aznar, que sin duda andaban con muchas ganas de recoger algunas de las migajas que resultaran de repartir la torta, que a la postre resultó ser un exclusivo "american pie".
Pero hilando un poco más fino, y después de haber vivido en carne propia la furia de este huracán, la Casa Blanca podrá seguir haciendo oídos sordos a todos los ambientalistas que desde hace años vienen advirtiendo de la mayor ocurrencia de estos ciclones. Estados Unidos es el principal contaminante y emisor de los gases que producen el efecto invernadero, -más de la mitad de todos los emitidos en el planeta- que han elevado la temperatura de la atmósfera de todo el mundo, y en especial la del Caribe, donde estos fenómenos están surgiendo con mayor periodicidad y virulencia. ¿Por qué razón el gobierno de Bush se ha negado sistemáticamente a suscribir el Protocolo de Kyoto que entre otras cosas, limita la emisión de estos gases de efecto invernadero? ¿Será que imponer los mayores costos de una producción "limpia" a la industria del país del norte, pueda acelerar el franco retroceso que sufre la economía norteamericana ante la competencia de las potencias emergentes como China, la India y Brasil? ¿Será que imponer restricciones al desenfrenado consumismo, que invariablemente termina arrasando con tantos recursos naturales, menoscabará el tan mentado "american way of life"? Sabemos que el sistema nunca tolerará que por cualquiera de estas vías se vea afectado el mandamiento supremo del lucro, y mucho menos, que se ponga en tela de juicio el liderazgo que las corporaciones yankis creen poseer de forma omnipotente y también, globalización mediante, omnipresente. Y esto sí que vuelve todo más peligroso, porque detrás de este mandato casi divino, que ya ha comenzado a desmoronarse, está el aparato militar más poderosa del mundo, dispuesto a defender a sangre y fuego el status quo, como lo ha hecho siempre, pero desde que el mundo se ha vuelto unipolar, mucho más aún.
El capitalismo norteamericano, todopoderoso, infalible e inexpugnable, que en la década del 50’ acaparaba más de la mitad de la riqueza del mundo, y que hoy apenas supera el 20 % de la misma, se ve jaqueado por su flanco externo con una balanza comercial que viene siendo negativa desde hace años. Pero también está haciendo mucha agua en lo interno: déficit fiscal crónico, depreciación del dólar, proyecciones de quiebra en los seguros médicos para los próximos 25 años, desempleo y gasto militar crecientes, otro tanto sucede con las tasas de interés y la inflación, para citar tan sólo alguno de los males. Es un dato casi obvio que en el largo plazo la economía norteamericana pasará a un segundo plano. Estados Unidos podrá seguir siendo una gran potencia militar, pero inexorablemente perderá su predomino económico. Tal vez sea esta la razón de fondo de las últimas actitudes belicistas de dominación y conquista que buscan asegurarse el petróleo que, por lejos, es el principal insumo de la economía yanki. Pero como el petróleo de Irak no parece haber sido el suficiente, ya están ajustando la mira para darle duro a Irán, para "salvarnos" del peligro que representa su programa de energía atómica. Pero, ¿quién podrá salvarnos de la amenaza tantas veces concretada que son los propios Estados Unidos? ¿Cuándo la comunidad internacional se pondrá firme y dirá basta a todos estos desmanes? Bien sabemos que es una mera expresión de deseo, pero, ojalá que sea pronto.
Esperemos, entonces, por nuestros hijos y nietos, y por la supervivencia de la raza humana toda, que la vocación belicista que ha caracterizado a este nuevo Imperio de Occidente, gran gendarme que no sabe de límites y que está dispuesto a todo por no perder su predominio, -lo que también en este sentido lo hace parecerse tanto a la Roma decadente-, pueda ser puesto en su lugar por el resto del mundo, o lamentablemente todo el mundo dejará de ser tal, por lo menos, para la vida humana.
José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com
Montevideo - Uruguay

