URUGUAY: POLÍTICA Y OTRAS YERBAS.

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domingo, 26 de noviembre de 2006
En nombre del Padre.


Juan María Bordaberry hasta el 1ro de marzo de 1972, cuando asume la presidencia de la República, era un ilustre desconocido para la mayoría de los uruguayos. Tanto fue así que incluso los propios votantes pachequistas, que a la postre terminaron sufragando por él en las elecciones de noviembre de 1971, en realidad lo hacían apoyando a Jorge Pacheco Areco en sus pretensiones de acceder a un segundo mandato. Quienes lo eligieron, de este modo, en una gran proporción, ni siquiera lo conocían o sabían de su trayectoria política. Es más, toda la campaña electoral del pachequismo de aquellos días giró en torno al presidente que concluía su mandato y que pretendía la reelección. A Bordaberry se lo ignoró casi por completo; apenas si se lo mencionaba. Pacheco lo trajo de entre las sombras y allí lo dejó para que no opacara su liderazgo. Todos recordamos que el intento de reforma constitucional fracasó, por lo cual la reelección no fue posible. Por descarte, entonces, finalmente Bordaberry accedió a la primera magistratura en 1972 con un 22% del electorado. Fue el candidato del sublema más votado dentro del Partido Colorado que apenas superó por 12000 voluntades al Partido Nacional, en unas elecciones a todas luces fraudulentas. En este estado de cosas, un nuevo presidente emergía entre gallos y media noche para ejercer la primera magistratura por exclusiva voluntad de Pacheco. Inició su gestión sin contar con apoyo popular: el común de la gente ni siquiera lo apreciaba como un líder político de fuste. Tampoco se lo reconocía por haber tenido una trayectoria destacada de algún orden, y para colmo de males, no contaba con el manifiesto sostén del resto de las fracciones del Partido Colorado. Aciagos días --peores aún a los que ya nos habíamos acostumbrando a vivir con el pachecato--, estarían por llegar para los uruguayos. Este terrateniente que supo ser blanco aliándose a Nardone y a Herrera primero, y que luego en 1969 cambia de trillo para volverse colorado, fue bastante más sombrío, reaccionario y fascista que su mentor. Los hechos posteriores así lo demostrarían. Su procesamiento judicial de estos días así lo ratifica en todos sus términos.

En este presente donde por fin la Justicia va abriendo su brecha a más de 30 años de impunidad, a este buen señor --católico a la vieja usanza--, sus familiares y abogados lo quieren presentar como un beato que estuvo en el limbo mientras fue presidente y luego dictador. ¡Qué necios!: como si los uruguayos hubiéramos perdido la memoria y se nos hubieran borrado las cicatrices que se grabaron a sangre y fuego en nuestros cuerpos y nuestras almas; cicatrices que fueron fruto de todas las atrocidades cometidas por el terrorismo de estado que a él lo tuvo en la cúspide del poder junto a los generales genocidas. Pero hay gente para todo. Recordemos a su abogado defensor quien dijo, unos pocos meses atrás, que tenía la absoluta convicción de que era imposible que el dictador hubiera tenido participación en los asesinatos de Zelmar Michelini y Gutierrez Ruiz por su arraigada fe de católico practicante. Sus hijos, ahora mismo en rueda de prensa, lo excusan y claman su inocencia por ser un profundo creyente. Bordaberry mismo se autodefinió como un elegido por la Providencia para llevar a buen término su tarea como presidente. Ahora, si la Providencia obró de ese modo, sin duda que Dios no es uruguayo.

Pero situémonos un poco en 1972 cuando recién accedía al poder. ¿Dónde estaba Bordaberry cuando los escuadrones de la muerte actuaban con total impunidad, cuando se ejecutaban a los militantes de la seccional 20 del PCU, cuando se ejecutaban a los fusilados de Soca, --sólo para citar los casos más notorios anteriores al golpe--? ¿Estaría el señor presidente rememorando la Pasión de Cristo, y lavándose las manos como Poncio Pilatos, para que los extremistas de derecha hicieran su trabajo sucio con total impunidad?

Y siguiendo con la Pasión de Cristo, recordemos que al Apóstol Pedro le bastó una sola noche para traicionar a Jesús y antes de que cantara el gallo ya lo había negado tres veces. Desconocer definitivamente a las instituciones democráticas, a Bordaberry --siguiendo el ejemplo de Pedro--, algún día más. Luego del levantamiento militar del 9 de febrero de 1973, demoró cuatro días en traicionar los principios democráticos más caros a los uruguayos, e incluso las lealtades y los compromisos con sus pares políticos, conviniendo con los militares gorilas en el pacto de Boiso Lanza. En forma advenediza y cobarde acomodó el cuerpo y vendió su alma --como Fausto--, a los designios golpistas. Esto le valió seguir como presidente por unos años más luego del quiebre institucional. Y a la inmensa mayoría de los uruguayos, bajar como lo hizo Dante, a todos los círculos del Infierno, para que con el sufrimiento y la tortura, los orientales pudiéramos expiar todos nuestros pecados. Este nuevo Mesías se encargaba de administrar el castigo Divino (aunque sus abogados y familia hoy lo nieguen) que venía de la mano del terrorismo de estado. Debía imponerse en forma ejemplarizante por lo que la represión fue demencial: se encarceló a cualquier sospechoso u opositor (el Cilindro quedó lleno de presos políticos que los hubo por miles). Se institucionalizó la tortura, las desapariciones y las ejecuciones. Se robaron a los niños recién nacidos de sus madres presas. Se expulsó al exilio a una enormidad de uruguayos. Se impuso la categoría C para infinidad de ciudadanos, como también las proscripciones y las destituciones que fueron incontables. Pero peor aún, a muchos uruguayos, la demencia y la saña asesina del régimen les impuso su propio monte Calvario.

Entre estos últimos estuvo Zelmar Michelini, Hector Gutierrez Ruiz, Barredo y Whitelaw. Ahora bien, detengámonos un poco en Zelmar. Fue constantemente extorsionado para que acallara su prédica contra el régimen al tener a su hija presa de la dictadura como rehén. A cada una de sus denuncias, mayor era el suplicio que ella sufría. A pesar de este dolor que le carcomía las entrañas, Zelmar no cejó en su prédica. Le fue anulado su pasaporte para que no pudiera viajar a EEUU a entrevistarse con miembros del Congreso y de Amnistía Internacional, para desenmascarar y denunciar todos los atropellos del proceso cívico-militar. Dadas todas estas circunstancias, podemos ser tan ingenuos y creer que el beato Bordaberry nunca se enteró de estos hechos. Podemos ser tan inocentes y pensar que nunca supo de las gestiones que realizó su canciller Juan Carlos Blanco en Buenos Aires con su par argentino 11 días antes de los secuestros. Tampoco supo nada del dossier con el escudo uruguayo que el Ministerio del Interior argentino Harguindeguy mostró a Raúl Alfonsín, cuando éste fue a hacer averiguaciones sobre los uruguayos secuestrados. En dicho expediente los legisladores eran definidos como subversivos tupamaros, según le confió el propio ministro Harguindeguy a Alfonsín. Podemos suponer, ya que es un hombre de tanta fe, que Bordaberry asistía a misa en vez de concurrir a las reuniones del COSENA, sobre todo a aquella en la que se decidió el asesinato de Zelmar, Gutierrez Ruiz y Wilson (que se salvó de pura fortuna). El dictador siempre ha negado la existencia de tal reunión. Muy distinto opinaba Monseñor Partelli, máxima autoridad de la Iglesia uruguaya durante los años de plomo --un católico de verdad interesado por las penurias de tanta gente en aquel tiempo--, quien aseguró de la existencia, como tantas otras personalidades de fiar, de esa reunión. En esa ocasión el Consejo de Seguridad Nacional (integrado por Bordaberry, J.C. Blanco, otros dos ministros y los comandantes en jefe), decidió las ejecuciones. Ante la disyuntiva, entonces, ¿a quién le hubiera confiado Usted sus pecados, a Monseñor Partelli o a este repugnante Torquemada con ínfulas de Mesías salido de algún lúgubre convento de la Edad Media?

Aunque, pensándolo bien, tal vez Bordaberry sea en verdad un elegido. Durante su régimen miles y miles de uruguayos debieron sufrir, aparte del trato inhumano en los cuarteles y los penales, la tragicómica parodia de ser sentenciados por la justicia militar (donde por tirar un volante te podían dar treinta años más medidas de seguridad). En cambio, este devoto creyente no deberá padecer nada de todo aquello: tuvo más de 32 años de absoluta impunidad y ahora, que recién es llamado a responsabilidad, cuenta con todas las garantías de ser juzgado por un Poder Judicial libre e independiente. Pero más aún todavía: no ha recibido ni malos tratos, ni torturas, ni tampoco deberá purgar su pena en las mazmorras en que habían sido convertidos los cuarteles y las cárceles durante la dictadura. Ojalá que tantos desaparecidos, rehenes y presos del régimen, que este señor tan bien supo presidir, hubieran tenido las mismas oportunidades de las que él hoy dispone.

Algunos podemos llegar a comprender que los hijos del dictador cierren filas alrededor de su progenitor y ostentosamente clamen su inocencia. Son tan buenos católicos que lógicamente deben seguir al pie de la letra al cuarto mandamiento que ordena "honrar al padre y a la madre". Por esto, es natural que le presten toda su ayuda, aún cuando el ex dictador palmariamente haya quebrantado el quinto mandamiento, el más grave de todos, aquel que nos dice que "no matarás". Así lo cree una abrumadora mayoría de los uruguayos y así lo determinó la Justicia. Qué pena, ¿no? El nombre del Padre --y por ende también el del Hijo--, hágase lo que se haga, ya nunca más podrá ser redimido. Ni siquiera la Justicia Divina podrá cambiar este fallo inapelable de la Historia y de estos humildes mortales que conformamos esta Nación. La Justicia Uruguaya, para tranquilidad y orgullo de todos los orientales, se echó a andar y ya nada ni nadie la podrá parar. Nunca tan vigentes como ahora los versos del Himno Nacional que, más que cantar, gritábamos hasta enronquecer en aquellos tiempos oscuros: ¡Tirános Temblad! La Justicia va por ustedes.



José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com

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