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sábado, 13 de enero de 2007
DON QUIJOTE y la generación de la derrota.



Muchos nos hemos preguntado un montón de veces por qué Don Quijote es el personaje de ficción más conocido y apreciado en todo el mundo. Lo ha sido, al menos, por los últimos cuatro siglos, y todo augura que lo seguirá siendo tanto tiempo más como la raza humana siga los caminos de la civilización. Para nada podría vincularse este fenómeno a su origen cultural hispano. Esto, si nos atenemos al hecho incontrastable de que por lo menos durante el siglo XX ha existido una avasallante imposición cultural anglosajona en todo el mundo. Además, si tomamos en cuenta que en los últimos años, esta influencia termina por magnificarse con la tan mentada globalización, entonces, deberíamos de concluir, por la propia lógica de los hechos, que al menos en los últimos cien años, otro paradigma más afín a la esencia cultural colonialista inglesa y norteamericana se debería haber impuesto como el personaje más querido y venerado por lectores de todas las lenguas. Ese paradigma bien podría haber sido Hamlet, por ejemplo, pero nunca un tal Alonso Quijano, hombre entrado en años, seco de carnes y enjuto de rostro, que vivía en un lugar de La Mancha que ya a casi nadie le importa precisar.

Debemos descartar, en consecuencia, el hecho de la imposición cultural para explicar esta realidad que hace que Don Quijote de la Mancha sea el libro más leído y publicado después de La Biblia. Alonso Quijano fue un hombre común y corriente, gris si se quiere, hasta que para gracia nuestra se le secó el cerebro de leer tantos libros de caballería, tanto así que decidió hacerse caballero andante convirtiéndose en Don Quijote de la Mancha "para el aumento de su honra como para el servicio de su república" (y eso de república, hoy por hoy, abarca a todo el mundo hispano parlante, cuanto menos). Sin tal vez, entonces, y sin quererlo ni pretenderlo, Cervantes haya conseguido ambas cosas en su magistral novela.

Por lo tanto, otro debe ser el motivo de su inagotable prestigio, que parece acrecentarse aún más en vísperas del cuarto centenario. Creemos que la razón es bien sencilla: Don Quijote supo sintetizar en su ser medio loco a veces pero soñador siempre, medio cuerdo pero idealista desde el principio hasta el fin, noble y desinteresado, que busca la gloria como el fruto maduro del sacrificio personal puesto al servicio de los demás, que supo amalgamar, de este modo, en un hombre tan común, falible y limitado como cualquiera, lo mejor de la esencia del ser humano. Todos, o la gran mayoría, cabalgamos nuestro Rocinante detrás de algún sueño, detrás de la ilusión que nos ayuda a seguir andando. No importa si nuestros sueños son pequeños y pocos inspirados, o inmensos y geniales, el motor de la ilusión nos da la fuerza para seguir andando, de la misma manera que lo hacía con nuestro Caballero. Y cuando esa ilusión es alimentada por sueños que a la vez son ideales, como le ocurría a Don Quijote, la humanidad toda mantiene la esperanza de seguir andando tras la consecución de un mundo mejor.

Sin embargo, casi por entero durante estos últimos cuatro siglos, desde la gente común hasta eruditos y académicos, han tratado de soslayar a Don Quijote en su esencia última, haciendo relativa su lucha por la obtención de ideales trascendentes, para detenerse a destacar a un entrañable soñador demente, puesto a andar por la vida fuera de la realidad acometiendo loables aventuras, pero inútiles, y de resultados tan poco rentables como poco felices. Basta detenerse en la definición que da el diccionario al término Quijotada: "Acción noble y desinteresada, de escasos resultados. Locura, desatino". Por suerte esta tendencia en la apreciación de nuestro venerado Caballero, que no es un aspecto menor para su mayor gloria, ha venido revirtiéndose definitivamente. Y quizás en esto tenga mucho que ver una suerte de compromiso generacional que tenemos con el Ingenioso Hidalgo, quienes aprendimos a apreciarlo en los últimos cincuenta años. Toda una generación que hoy ronda los mismos años que tenía el Ingenioso Hidalgo cuando decidió darse por el resto de sus días al noble oficio de la caballería andante.



La generación de la derrota.



Los que nacimos promediando los años cincuenta y los sesenta hemos quedado a mitad de camino de muchas cosas. Llegábamos a un mundo que parecía parir un nuevo tiempo para la humanidad toda. Nos acunaban con cantos que nos prometían que ya no habría que deshacer entuertos, ni restaurar agravios. Crecimos aplaudiendo a muchos grandes hombres que decidieron cabalgar tras ideales que parecían imposibles de alcanzar, haciendo honor al espíritu que Don Quijote ha impuesto como verdades últimas. En los cinco continentes surgieron Caballeros Andantes (Che Guevara y Martin Luther King, para traer a la memoria sólo a dos de las figuras más emblemáticas y cercanas) que salieron a defender sus ideales con una mal compuesta celada remendada con cartón, embrazando una adarga antigua, espada a la cintura y lanza en mano. La fuerza de sus convicciones los llevó a la aventura. Tan contrahecha armadura no supo protegerlos cuando debieron enfrentarse a abominables gigantes que no ven satisfechas sus ansias de dominio y victoria hasta que corre la última gota de la sangre de los vencidos. Estos y otros tantos Quijotes que tomaron por el campo de Montiel durante el último medio siglo, resultaron a la corta o a la larga, de un modo u otro, derrotados. Con ellos perdió nuestra generación que creció viendo cuantos grandes ideales terminaron sin concretarse. Nuestro Ingenioso Hidalgo, también tantas veces derrotado, murió cuerdo y alejado de la aventura, pero en su fuero íntimo sintiéndose caballero andante que no abandonaba sus sueños-ideales ni en el peor de los momentos. Los grandes hombres que han seguido sus pasos, que no escaparon a desaguisado alguno, y que también terminaron vencidos, tuvieron que pagar el precio de la propia vida por ello. Y aún sabiéndolo desde el principio, nunca se apearon de su Rocinante. Siguieron cabalgando con él hasta el final.

Los que pertenecemos a esa generación, entonces, crecimos mamando de la cultura de la derrota, tomando de la leche agria de la desesperanza, sorbiendo el trago amargo de entender que se nos va la vida tolerando la imposición de un presente que postergó nuestros mejores sueños, nuestros ideales. Un presente donde nos enorgullecemos de que el ingenio del hombre haya aprendido a dominar el mapa genético que nos indica como se articula la esencia de la vida. Pero también, un presente que nos llena de vergüenza. Vergüenza porque todavía no hemos podido resolver el derecho básico a la vida de miles de millones de seres humanos que no tienen acceso al alimento, a la salud y a la educación. Y si aún estos hombres postergados no han tenido el gusto de conocer a nuestro Ingenioso Hidalgo, sin duda que lo intuyen, que lo imaginan, y que esperan que algún día aparezca por las polvorientas llanuras de sus lugares, para enderezar estos tuertos y enmendar las sinrazones de este ominoso agravio. Nuestra generación, como Don Quijote, no ha podido asimilar la cruda realidad tan deshumanizante que día a día se ha venido imponiendo, golpe a golpe, derrota tras derrota. Cada revolcón que nos tocaba sufrir, al igual que a nuestro Caballero, nos hacía pensar en una nueva aventura que nos permitiría restaurar el honor y dedicar a nuestra amada Dulcinea, la victoria que algún día tendrá que llegar, porque en eso se juega su futuro la humanidad.

El sabio Frestón fue quien convirtió a los gigantes en molinos de viento para quitarle a Don Quijote toda la gloria de haberlos vencido. Pero en el caso de nuestra generación, ¿cuál ha sido ese sabio encantador que ha hecho el maleficio de que el mundo siga dejando a casi media humanidad a la intemperie, en la vera del camino contemplando cómo tan pocos disfrutan de tanto? ¿Cómo hemos permitido que algún mago haya convertido al Che en un artículo de consumo más, estampado en las camisetas de tantos y tantos que apenas si conocen más que su apodo rioplatense? ¿Cómo toleramos que se alabe la memoria del Reverendo King, cuando el hechizo que afecta a los negros norteamericanos sigue más fuerte que nunca? Se han terminado con muchas de las groseras discriminaciones de entonces, pero en lo sustancial la segregación es la misma: los negros norteamericanos siguen siendo la comunidad étnica más postergada, más pobre y más excluida de la gran nación del norte. Y aunque algunos negros norteamericanos hayan podido destacarse por sus descollantes dotes, lamentablemente, son la excepción que confirma la regla.

Por todo esto y por muchas cosas más que sería ocioso detallar, aunque la derrota haya sido el sino que ha distinguido a los luchadores de nuestro tiempo, seguiremos buscando ese yelmo de Mambrino que reluce más que el oro y llena de luz a nuestros ojos, aunque también a nosotros como al Ilustre Caballero, nos haya tocado usar bacía de barbero durante el tiempo tan poco promisorio que nos ha tocado vivir.



Cabalgando el nuevo milenio.


Don Quijote ha andado cabalgando su triste figura -ni el propio Cervantes lo hubiera imaginado-, durante cuatro siglos hasta este tercer milenio de la era cristiana que acaba de comenzar. Quién podría poner en tela de juicio que el siglo XXI nos espera para aventuras de andante caballería. Pero que dicho oficio siga siendo la profesión de mayor honor y gloria en los tiempos que corren no será tarea fácil. El nuevo milenio nos regala un mundo fundado en "valores" tales como el pragmatismo economicista, el consumismo, la destrucción del medio ambiente, la fabricación de mitos en envase desechable, la alienación mediática a través de tantos reality shows que ofenden la razón. Un mundo que venera a la imagen y desdeña a la lectura, hasta el punto de tolerar infinidad de centros de enseñanza (en todos los países, incluso en los del primer mundo) de donde los jóvenes egresan analfabetos técnicos. Un mundo racional donde el lucro es el valor supremo y la mayor aceptación social está dada por el éxito económico personal. Qué diría, por lo tanto, el espíritu del individualismo canibalista que rige desde hace tanto tiempo el universo, de alguien que declara: "Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?". Ya conocemos de memoria lo que nos diría, y en realidad, nunca nos importó. Más aún, nunca nos importará.

En concordancia con los días que vivimos muchos nos harán notar que es una quijotada más creer que todavía hay esperanza. Pero así lo es hoy, y también lo será mañana. A pesar de todas sus limitaciones, nuestra generación ha sido capaz de transmitir a nuestros hijos y nietos, como lo hicieron nuestros mayores con nosotros mismos, esta admiración que tantos de nosotros profesamos por el Ingenioso Hidalgo. Sabemos que hemos sido vehementes y sinceros en el legado de nuestras convicciones, y que estamos ciegamente convencidos de que las futuras generaciones obtendrán lo que nosotros no logramos. Lo lograrán junto a Don Quijote y a su fiel Escudero. A todos juntos les tocará hacer realidad la más grande aventura jamás contada que definitivamente nos hará tener un mundo mejor, sin segregados, sin postergados, ni excluidos. Un mundo donde todos los seres humanos tengan los requerimientos básicos para una vida digna asegurados, y que cuenten con las mismas oportunidades de desarrollo personal que todos merecen. Lástima no contar con la fórmula para preparar una redoma del bálsamo de Fierabrás, como Sancho pidió a su Señor. Es una verdadera pena. Quién sabe, quizás, tomando un profundo trago, también nos hubiera podido servir para alargar la vida y lograr apreciar al mayor de los ideales -de Don Quijote y nuestro también- concretarse en los hechos.


José Miguel García
jomigarcía@hotmail.com
Montevideo - Uruguay

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