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martes, 03 de abril de 2007
DE LA ESCLAVITUD AL CAPITALISMO


EL CAPITALISMO Y LA SANGRE DE LOS ESCLAVOS
En estos días se conmemoró en el Reino Unido el bicentenario de la aprobación de la ley que prohibía el tráfico de esclavos. Una ley que impedía el comercio de los barcos negreros, pero que no abolía la esclavitud. Esto en los papeles llegaría recién tres décadas después, aunque la liberación definitiva de los esclavos de aquellos días, tardaría bastante más. La mayoría de las penurias que debieron vivir en servidumbre, las siguieron padeciendo luego de ser liberados, además de ser heredadas, generación tras generación, por sus descendientes. Es que más de cuatro siglos de abusos no se disimulan con un acto en la abadía de Westminster donde concurrió la Reina Isabel II con todo su séquito, que fue abruptamente terminada por los gritos de un activista negro que clamaba que aquello era un insulto más para los suyos. Y tenía toda la razón.

Casualmente otra Reina Isabel, pero en este caso la primera, fue quien hacia mediados del siglo XVI, sin ceremonias ni abadías, dio vía libre al tráfico de esclavos asociándose en dicha empresa con los piratas ingleses que los traían, birlando a los lusitanos, desde la Guinea Portuguesa para luego ser vendidos en las Antillas. Fue tan desmesuradamente rentable esta actividad que en pocos años fueron los propios duques británicos los que asumieron personalmente el control de su administración. Tampoco demoraron mucho los ingleses en desplazar tanto a portugueses como a holandeses de las rutas de los barcos negreros, ni de apropiarse de los principales fuertes y puertos por donde salían los esclavos, situados principalmente en el África Occidental, usufructuando casi a pleno este negocio tan redondo.

Aunque en la realidad, este negocio más que redondo era triangular, y de lados bien desiguales. Los barcos negreros partían de Liverpool o Bristol (ciudades que crecieron y se desarrollaron gracias al comercio de esclavos) hasta el África llevando ron, chucherías y algunas armas que daban como forma de pago por los esclavos hechos prisioneros por los jefes de las distintas tribus que vivían en permanentes conflictos entre si. Luego, el traslado de los mismos en los barcos negreros hasta América, donde eran vendidos a cambio de algunos de los productos que se cultivaban con mano de obra esclava, y por ende, resultaban muy baratos. Finalmente, cerrando esta ruta triangular, volvían los barcos repletos de mercancías a Inglaterra, para ser distribuidas a precios de oro por toda Europa.

El principal destino de los barcos negreros era las "Sugar Islands". Islas que nada tuvieron de dulces para los esclavos que lograban sobrevivir a las inhumanas condiciones que debían soportar en su travesía por el Atlántico. Se estima que alrededor del 40% de los esclavos no lograban llegar vivos, ya sea por las condiciones de hacinamiento, por los castigos recibidos, por las nuevas enfermedades que el hombre blanco les contagiaba, o porque lisa y llanamente eran tirados al mar si se resistían a su nueva condición. Pero el destino de los que lograban tocar con sus pies engrillados las tierras del azúcar, no era mucho mejor. Las terribles condiciones de trabajo a las que eran sometidos los recién llegados, conducía a que más de una tercera parte de ellos no sobreviviera más de tres años en las haciendas y en los ingenios. Las lágrimas de sufrimiento por las penurias y los azotes recibidos caían y se mezclaban con la sangre fresca recién derramada por los hermanos cautivos que allí mismo acababan de morir. Mientras tanto los duques en la City saboreaban el "five o’clock tea" bien dulce, gracias a que sus esclavos de Jamaica, Ceilán y tantos otros lugares, dejaban los "bofes cinchando", --como dice la canción--, en las plantaciones de azúcar, cacao, café, té y algodón. Se sabe que fueron varios millones los africanos arrancados de sus tierras nativas para ser vendidos como esclavos.

En el siglo XVIII, llamado de las luces, mal que nos pese, se impuso como una sombra para la humanidad la concepción de racismo, la cual daba "justificación moral" a la esclavitud y al sometimiento de los "pueblos inferiores". Muchos ilustrados pensadores de entonces, y desgraciadamente también posteriores, (Voltaire, Montesquieu, Bacon y Hume, por citar tan sólo a unos pocos), proclamaban a los cuatro vientos que aquellos que no eran blancos y europeos, no eran verdaderos seres humanos sino hombres degradados y sin inteligencia, que por su salvajismo debían emparentarse con los animales, que poseían una maldad natural, que sus costumbres eran indignas, y que vivían alejados de la Gracia de Dios al cual, además, se negaban a reconocer. Puesto que existían hombres degradados y emparentados con los animales, entonces, nada mejor que la esclavitud para domesticarlos y traerlos al Reino de Dios. Si existían pueblos inferiores, de costumbres indignas, y sin ningún grado de cultura ni religión, nada mejor que colonizarlos para traerlos a la civilización. El racismo justificaba la expansión colonial europea por África, Asia, y también lo que se pudo arrebatar de América. Ejemplo claro de esto último es la dominación de Gran Bretaña sobre la India. Analicemos su resultado. Antes de la penetración británica, los barcos indios surcaban todos los mares. Su industria naval estaba tan adelantada que "hasta 1802 los buques de guerra británicos eran construidos por la India, e Inglaterra compraba los planos a los constructores indios. Hasta comienzos del siglo XIX los productos de los astilleros de la India se equiparaban técnicamente con los navíos transoceánicos de la Gran Bretaña. Después de un siglo de "civilización" inglesa, la India quedó reducida a su mínima expresión, empobrecida y atrasada. Pero la potencia dominante no reconoció que fue su acción la que la llevó a tales resultados, sino todo lo contrario. Los imperialistas británicos manifestaron públicamente que no habían podido hacer nada porque el indio era ...un ser casi reducido a simples funciones animales en las que incluso se desempeña mediocremente. Su competencia y habilidad en los contados sectores profesionales a que está limitado, apenas si sobrepasa la destreza que puede adquirir cualquier animal de análoga conformación, pero de inteligencia nunca superior a la de un perro, un elefante o un mono ...lo que basta para convencernos de que tal pueblo no ha podido nunca encontrarse en un estado de mayor adelanto cívico". Por suerte ya van para 60 años que la India rompió sus cadenas con los británicos, y el "adelanto cívico" que ha conseguido desde que dejó de ser colonia hasta hoy, la lleva a ser la segunda potencia emergente, que muy pronto superara económicamente al Reino Unido, el otrora amo imperial que la dominó hasta esquilmarla.

Los resabios del pensamiento racista han sido moneda de aplicación corriente durante todo el siglo XX (la Alemania nazi; Estados Unidos que todavía no ha sabido honrar a uno de sus más grandes hombres: Martin Luther King; el apartheid en Sudáfrica; la segregación a los indígenas en América Latina; el desprecio a los inmigrantes en el primer mundo, y podríamos seguir). El siglo XXI no parece andar por mejores caminos. En las sociedades desarrolladas, son cada vez más virulentas las muestras de racismo, de xenofobia y de discriminación que sufren las minorías étnicas emparentadas con los antiguos esclavos, o los inmigrantes que provienen directamente de las perdidas posesiones coloniales. Por más bicentenario que se festeje, o por más homenajes que se realicen a M.L. King, los países del primer mundo siguen siendo profundamente racistas.

En definitiva, dígase lo que se diga, el género humano es sólo uno, aquí en la Tierra y hasta en el confín más extremo del Universo, si alguna vez algún hombre pudiera alcanzarlo. Por esto, bien vale la pena recordar a Einstein, quien debió salir de la Alemania nazi por ser judío, para radicarse en los Estados Unidos. Cuando allí tuvo que llenar los papeles para lograr su ingreso, sobre los puntos suspensivos que le pedían que definiera su raza, el Genio escribió: "humana". Tan sencillo como obvio. Lástima que, todavía hoy, a tantos les cueste tanto entenderlo.


EL CAPITALISMO Y LA SANGRE DE LA TIERRA
Pero lo que no debemos perder de vista, más allá del terrible sufrimiento humano de quienes padecieron todos estos tormentos, es que el modo de producción esclavista sentó las bases de la acumulación de la riqueza que propició el surgimiento del sistema capitalista. La enorme plusvalía que el esclavismo proporcionó creó "los capitales ociosos" que solventaron la primera revolución industrial en Inglaterra, y con ella, la concreción definitiva del sistema capitalista. El esclavismo, también, mayoritariamente financió las expediciones de la Armada Real hacia la conquista de nuevas colonias en África y en Asia. Nadie puede dudarlo, el Gran Imperio Británico de Ultramar se fraguó al calor del tráfico de esclavos.

Es más, esta ley bicentenaria que abolía el comercio de esclavos está más ligada a las necesidades económicas de la ya floreciente revolución industrial, que a las buenas intenciones de terminar con un régimen vergonzante para la humanidad toda. El surgimiento de la clase obrera, que comienza su existencia siendo casi tan explotada como lo eran sus hermanos esclavos (14 o más horas de trabajo diarias sin descanso semanal; trabajo infantil, que resultaba aún más barato, y que penosamente era tan abundantemente utilizado en las minas de carbón de donde se extraía el combustible para las nuevas máquinas; los costos salariales de la mano de obra que en poco excedían a los costos de manutención que tenía un esclavo, etc.) hablaban a las claras que el viejo sistema de producción debía ser abolido. No olvidemos, también, que gracias a los telares mecánicos, a la máquina de vapor y a todos los inventos que luego les seguirían, la productividad de las fábricas aumentó en forma exponencial. Esto trajo aparejado una enorme cantidad de mercancías que debían volcarse a la venta y que no tenían compradores. El naciente capitalismo, como el aire a los pulmones, necesitaba de nuevos consumidores, no sólo dentro del Imperio mismo, sino también en todos los lugares de destino de los productos manufacturados ingleses. Y los nuevos proletarios eran mejores consumidores que los viejos esclavos. A partir de entonces, muchos de los barcos imperiales que aún llevaban en sus bodegas las marcas de la sangre de los esclavos, salieron a combatir a los barcos negreros de otras naciones (no olvidemos que la esclavitud en Norteamérica estuvo vigente hasta pasada la guerra de secesión que finalizó en 1865). En este período murieron aún más cantidad de esclavos en su travesía atlántica que nunca: cada vez que un barco negrero avistaba a un barco inglés la suerte de la mercancía humana que estaba en sus bodegas estaba echada, todos eran tirados al mar. Macabro epílogo para un capítulo muy triste de la historia de la humanidad, que aún hoy no hemos podido superar.

Mal que nos pese, el sistema de expoliación capitalista no sólo lo han padecido los esclavos, los obreros, y los pueblos colonizados. Convenzámonos: es el Hombre todo quien lo viene sufriendo por más de tres siglos; es la humanidad toda la que sigue siendo esclava de un sistema de organización económica, política y social que tiene por principio, y también por fin, la explotación del hombre por el hombre mismo. Es así de sencillo. Es así de desolador. Todavía debemos soportar que esta forma de organización "eficiente", "moderna" y "democrática" que se ha dado nuestro Mundo, condene a casi 1500 millones de hombres y mujeres a que vivan en la más absoluta indigencia y con una esperanza de vida que no supera los 29 años. Y a otros 1500 millones a que vivan en la pobreza extrema y no con muchas más esperanza que la de los anteriores; ni de vida ni de ninguna otra índole. Un sistema capitalista que nunca ha financiado la vida, ni la paz, pero que desde siempre ha destinado cientos de veces más recursos para la guerra que aquellos que serían necesarios para acabar con el hambre y las enfermedades curables que arrasan a miles de millones de pobres de nuestros días. Es que si no fuera así, ¿cómo podríamos invadir Irak para quedarnos con su petróleo, y posiblemente muy pronto también a Irán, para conseguir otro tanto? Es que si no fuera así, ¿cómo se hubieran costeado tantas invasiones a pueblos indefensos, o sustentado a tantas dictaduras militares violadoras de los derechos humanos? Dictaduras militares que toda América Latina sufrió en los años más oscuros de su historia reciente y que, a sangre y fuego, nos impusieron el modelo neoliberal, la quinta esencia del modelo capitalista, del que todos sentimos en carne propia sus "grandes beneficios". Funesto modelo para nuestros pueblos que recién en estos días comenzamos a dejar atrás, y no sin muchas dificultades.

Es muy cierto, esta forma de organización económica muchas veces ha sido tachada de salvaje, ya que su naturaleza misma la vuelve ávida e insaciable, como la peor de las bestias animales. Pero lo que no hemos destacado lo suficiente estos últimos años, es que este sistema ha ido mucho más allá, ha alcanzado un nivel superior en su desarrollo: a esta altura vivimos en lo que nos atreveríamos a llamar como la fase capitalista de la devastación. Al sistema no le ha bastado con expoliar a la humanidad entera a mano de unos pocos, como ha ocurrido hasta el presente, realizando apenas unos pocos cambios de fachada que apenas disimulen en algo sus aristas más groseras. Sí, el capitalismo del siglo XXI está alcanzando un estadio superior en su desarrollo, hoy ya no alcanza con explotar al Hombre, también es necesario esquilmar a la Tierra. Ese afán de lucro descomunal, de competencia feroz y de consumo desmedido que impone el sistema, que jamás se detuvo ni siquiera ante la vida humana arrasada, es el mismo que en su lógica voraz va dejando exhaustos, uno a uno a todos los recursos naturales. No podemos ser tan ingenuos de sumarnos al coro de ecologistas que solo atienden a las consecuencias de esta situación. Son los que piensan que con algunas regulaciones ambientales van a salvar al Mundo. El problema es mucho más grave y profundo que eso.

Entonces, corresponde que nos preguntemos: ¿se va a limitar el incontrolable consumismo del primer mundo? Consumismo que absurdamente dilapida los cada vez más escasos recursos energéticos, a la vez que vierte a la atmósfera la inmensa mayoría de los gases de efecto invernadero. Sabemos que no. Lo que allí importa es que las grandes transnacionales del automóvil y del petróleo sigan vendiendo y aumentando sus ganancias, y que los consumidores colmen sus vidas derrochando.

¿Acaso podemos pensar que Bush esté dispuesto a imponer los mayores costos que implica de una producción "limpia" a la industria de su país? Creemos que no. Tales imposiciones podrían acelerar el franco retroceso que ya sufre la economía norteamericana ante la competencia de las potencias emergentes como China y la India.

¿Seríamos capaces de imaginarnos que el capitalismo de estado chino --igual de insaciable que sus similares del primer mundo-- deje de arrasar y desertificar a su propio suelo? Claro que no. Al crecimiento de la economía china no lo va a parar unos granos de arena que trae el viento, aunque los habitantes de Beijing deban andar por sus calles con tapa bocas.

¿Podemos pretender que el proyecto del etanol que auspicia Bush junto a Brasil tienda a mejorar el medio ambiente? Por supuesto que no. Pero, antes que nada, con este emprendimiento se seguirá profundizando aún más la dependencia de los países agrícolas de Latinoamérica; dependencia que están contrayendo con las multinacionales de los cultivos transgénicas. No olvidemos que de este tipo de variedades genéticamente modificadas no se obtienen nuevas semillas, ya que éstas no germinan. Más aún, si por alguna extraña razón un campesino pudiera lograrlo de su propia cosecha, ese agricultor podría ser demandado, porque cualquier semilla de esa variedad es propiedad exclusiva de la transnacional (por algo es tan importante para el imperio que nos sometamos a sus leyes de propiedad intelectual y patentes; no hay tratado de comercio con los Estados Unidos que no las imponga). ¿Será tan difícil, entonces, imaginarnos cuál será el proveedor de semillas para estos emprendimientos? Claro que no. MONSANTO no perderá la oportunidad de implantarse aún más en las vastas y fértiles tierras del sur con sus variedades de maíz transgénico. Y esto va de la mano con la venta de su famoso herbicida "ecológico" ROUNDUP, que mata todo lo que hay alrededor, salvo a la semilla modificada, a la que activa para empezar a crecer. Bien sabemos que las plantaciones de caña nunca podrán ser suficientes para tamaña demanda. También se necesitará maíz.

Por supuesto que concebir un proyecto de este porte implica importantes modificaciones al medio ambiente, que no creemos que sean para bien. En esta hipótesis, no sería nada descabellado imaginarnos a un Brasil que extiende vertiginosamente sus tierras cultivables a expensas de la Amazonia, para poder cumplir con la seguramente creciente demanda de etanol. Además, las multinacionales a las que se habrá "asociado" prontamente dominarán el negocio (por poderío económico, por necesidad de recursos energéticos, por geopolítica, por principal destino y consumidor, etc.), y los hermanos norteños verán reducida su participación básicamente a proveer materias primas. Es decir, entonces, que avizoramos al Brasil agrícola totalmente jugado al monocultivo de la caña de azúcar, y para colmo de males, regido por los intereses norteamericanos. Vaya casualidad, al mismo tiempo nos vino a la mente el recuerdo de la Cuba de Batista. ¿Será que los nuevos progresismos latinoamericanos tanto se han olvidado del CHE y de Fidel? Esperemos que no. Esperemos que los equivocados seamos nosotros.

Pues sí, el capitalismo que nació nutriéndose de la sangre de los esclavos, ahora, más voraz e insaciable que nunca, necesita de la sangre de la Tierra, y nada va a pararlo hasta dejarla seca. No podemos permitir que este sea el destino de nuestro Mundo. Sólo el socialismo y el Hombre Nuevo, podrán salvar al futuro de la Humanidad y también, al de su generoso suelo. Nuestros hijos y nietos se merecen un lugar más justo dónde vivir. En este Mundo, claro está, no en otro.


José Miguel García
jomigarcia@hotmail.com


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