URUGUAY: POLÍTICA Y OTRAS YERBAS.

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martes, 03 de julio de 2007
¿Qué valor podemos asignarle a una "declaración" arrancada por obra de terribles tormentos, o luego de días y días sin descanso de tortura salvaje? Ninguno. Desde todo punto de vista. Ni moral, ni legal, ni humano. Incluso, la información así obtenida es de muy relativa certeza, oportunidad o utilidad, y eso bien lo saben los propios servicios de inteligencia que se valen de estos métodos. Pero en el caso de la dictadura uruguaya, además, esto fue más que notorio.

Ahora, qué deberíamos opinar, entonces, de quienes recabaron y sistematizaron la información obtenida por esos medios. ¿Puede darse algún crédito a quien con saña asesina torturaba para desmoralizar al enemigo y gozar con ello? ¿Puede creerse a alguien que fabricaba las confesiones de sus víctimas mientras no dejaba de aplicar picana, submarino, potro, plantón o lo que se le ocurriera? Acaso, ¿puede sacarse alguna conclusión de la tragicómica parodia que se montaba en los juzgados militares para acusar a los "sediciosos"? Hoy en día nadie, en sus sanos cabales, aceptaría una acusación de quienes se valieron de estos métodos. Por supuesto que no.

También, dentro de estas consideraciones, no deberíamos olvidar otro aspecto fundamental de aquellos días: los servicios de inteligencia ya tenían fichados --gracias al apoyo durante años de los asesores yankis-- prácticamente a todos los dirigentes y militantes de la izquierda y de las organizaciones sindicales, sociales y estudiantiles al momento del golpe. Esto fue complementado por los datos requisados en los propios allanamientos a los sindicatos, a los locales partidarios y a todas las "instituciones peligrosas". Las masivas detenciones que llenaron el Cilindro Municipal, las cárceles y los cuarteles con miles de presos políticos se valieron básicamente de esos datos.

Por otra parte, el escaso aparato armado de la guerrilla estaba totalmente derrotado y prácticamente con todos sus líderes y militantes presos --ya casi por un año-- a aquella fecha. Es decir, entonces, que a pocos días del golpe de estado ya no quedaban casi "enemigos" libres, así que no había otra alternativa: tenían que dedicar todas sus fuerzas a inventarlos. Todos nos volvimos enemigos potenciales, salvo los acólitos, los serviles y los ciudadanos categoría A. Por lo tanto, a eso también estuvieron dedicados los servicios de la dictadura: a inventar conspiraciones, a denunciar complots, a fraguar atentados y hasta denunciar intentos de invasión de los malos compatriotas que residían en el exterior. Esto fue parte fundamental de toda la parafernalia que trataba de justificar el horror y mantener, por el temor de las grandes masas, la sumisión del pueblo uruguayo todo.

No es novedad que este sea el modo en que operan todos los aparatos del terror: sus propios integrantes gastan tanto tiempo en la represión como en idear nuevas amenazas, en magnificar las ya existentes y hasta en potenciar en los papeles al enemigo. Es así como se hace, tanto para justificar los métodos utilizados por el terrorismo de estado, como para demostrar ante la sociedad y ante sus pares lo imprescindible que se vuelven los servicios de inteligencia dentro de la doctrina de la seguridad nacional.

Pues bien, algunos de estos señores que arrancaban información torturando, que ponían palabra tras palabra en las confesiones y que montaban actos que luego endilgaban a los sediciosos, ahora intentan echar sombras de duda sobre algunos de nuestros mejores compañeros. ¡Qué atrevimiento tratar de ensuciar la memoria de una inigualable luchadora como Tota Quinteros! ¡Qué personajes para hablar de mezquindades! ¡Qué autoridad moral tienen estos cobardes de hoy para decir nada (sobre todo desde que han perdido la memoria ante los jueces), aunque resulta que sí recuerdan hechos como estos que solo existen en sus enfermizas mentes! ¡Qué valor pueden tener hechos referidos por estos execrables militares que no se atrevieron a enfrentar con gallardía sus actos y huyeron como ratas apenas notaron que el barco se hundía cuando la impunidad comenzó a hacer agua!

¡Pero de qué valientes hablamos, señores! De los valientes que no se cansaban de usar la picana. De los valientes que disfrutaban del suplicio de hermanos uruguayos maniatados y encapuchados. De los valientes que gozaban violando a mujeres y a hombres. De los valientes que lucraban robando bebés recién nacidos. O de los valientes que se apropiaban como botín de guerra de las pertenencias de los detenidos. ¿Esa es la valentía que se encarnó y se sigue encarnando en nuestro Ejército Nacional? Al menos el discurso del Señor Comandante en Jefe del 18 de Mayo último no parece negarlo.

Se nos quiere intimidar con traiciones que sólo imaginan las mentes enfermas de estos militares genocidas que han sido públicamente denostados y ampliamente reconocidos como seres despreciables por la mayoría de la sociedad. ¡Qué equivocados están! Todos sabemos que hubo miles y miles de actos de suplicio y tortura. Es cierto, en algunos casos algunos compañeros se quebraron. Es propio de la condición humana no resistir el dolor lacerante: sólo los valientes lo consiguen soportar. Y entre los compañeros torturados hubo muchísimos valientes que aguantaron la tortura hasta la muerte, y otros, que la supieron sortear sin morir y hoy son un gran ejemplo. Lo que no es propio de la condición humana y que la denigra a extremos inauditos, es ser un abominable torturador, como estos gorilas que ahora están presos. Pero seamos sinceros y llamemos a las cosas por su nombre: no ha habido peores traidores a la causa del Pueblo Oriental que estos militares que mancharon el uniforme del Ejército de Artigas con la sangre de los propios hermanos salvajemente torturados. Y esa traición no la redime nada ni nadie. Así lo considera la inmensa mayoría del pueblo uruguayo.

Por lo tanto, no nos queda más que tratar de desentrañar el objetivo de la difusión de estas calumnias. Para nada nos extraña que las mismas se hayan publicado a través de "BUSQUEDA", que se ha convertido en el órgano oficial de los militares golpistas. Es bueno que cada medio se haga cargo de su posición ideológica, aunque no debamos nombrarla, so pena de que nos demanden.

Ahora, lo que sí nos extraña es que tales patrañas hayan sido dirigidas al PVP, cuando en esta lógica perversa, todo hubiera indicado que había en la izquierda otros grupos objetivo de estas prédicas. De todos modos las cosas son así y asumimos lo que nos toca. Es cierto, nos duele profundamente que se digan estas cosas de compañeros que ya no están, y que desde siempre han sido muy respetados por todos. Aunque al mismo tiempo reafirma algo que bien sabemos, pero que es muy importante que siga trascendiendo: una vez más queda en claro que los compañeros del PVP, muchos de los cuales dejaron la vida en la lucha por el restablecimiento de las libertades y la Democracia, lo hicieron con la mayor de las grandezas y con el mejor de los ejemplos. Si hay algo que envilece aún más a estos energúmenos es la entereza con que se los enfrenta, más aún si es a costa de la propia vida. Y eso hicieron León Duarte, Gerardo Gatti y tantos otros compañeros del PVP que hoy siguen desaparecidos. Por eso la diatriba que intenta enturbiar las aguas. Pero el río de la historia en nuestro país viene bajando claro y la insoslayable anulación de la ley de impunidad lo volverá más transparente aún. Eso también los pone muy nerviosos.

No podemos olvidarnos de Elena Quinteros, quien siendo tan joven llevó a sus captores de las narices hasta los jardines de la embajada de Venezuela, dejando al descubierto ante el mundo entero su secuestro y hasta cuán torpemente procedían nuestros servicios cuando se los enfrentaba con decisión y coraje. Elena sigue siendo una piedra en el zapato de los represores. Es uno de los casos emblemáticos que puede acarrearles nuevos problemas a los genocidas. Por eso acerca de ella callan y han decidido dirigir sus dardos contra su madre, en un inútil esfuerzo por echar sombras sobre la memoria de la incasable luchadora que Tota Quinteros fue. ¿Podemos pedirle a estos seres viciados de odio que entiendan la incansable búsqueda de una madre por su hija desaparecida? ¿Podemos pedirle que consideren el sentimiento de Tota como el de tantas otras madres que lloraron y todavía hoy siguen llorando sobre una tumba vacía? Si los Gavazzo y todos sus execrables pares --que lamentablemente son unos cuantos--, gozaban torturando a mujeres embarazadas, ¿cómo podemos pretender que respeten el profundo amor de una madre?

Todas estas cosas terminan afirmando aún más la necesidad urgente de la anulación de la ley de impunidad. De eso no hay duda. Pero tal vez deberíamos ir un poco más allá: plantearnos seriamente si dentro de la nueva sociedad que estamos construyendo, mucho más democrática e integradora, tienen cabida estas Fuerzas Armadas que siguen siendo un ghetto que no asume los terribles horrores del pasado. Quizás haya llegado la hora de comenzar una seria discusión acerca de la existencia misma de la Institución.

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