El presidente de los Estados Unidos G.W. Bush, en un discurso a ex combatientes en Reno (Nevada), acaba de advertir acerca del peligro de que el Medio Oriente se encuentre a las puertas de un holocausto atómico ante la amenaza que representan las pretensiones iraníes de continuar con su programa de enriquecimiento de uranio.
Aplaudimos con vehemencia que el líder de la primera potencia militar mundial se preocupe por este tipo de problemas. Está muy bien que se intente reducir la proliferación nuclear. Lástima que esta preocupación se reduzca, exclusivamente, a impedir que Irán pase a ser el décimo país que posea bombas atómicas. En cambio, hace ya muchos años que nada se dice de limitar ese armamento, tanto para su propio país como para las demás naciones que ya lo poseen, y cuyos desbordados arsenales son tan letales que podrían destruir al Mundo entero no una, sino varias veces. Sobre este peligro real que se cierne sobre la Humanidad toda, y que es una amenaza para el futuro mismo de la Tierra, reina el más absoluto de los silencios: no hemos oído ni una sola iniciativa proveniente de las "autoridades del Mundo" que intenten poner freno a esta esquizofrenia belicista que en su desbocada carrera sigue a riendas sueltas. El tratado de no proliferación de armas nucleares de 1968, y los tratados subsiguientes entre la ex URSS y Estados Unidos, ya nadie los recuerda, ni los respeta: son pura letra muerta.
Ahora bien, ya que el Presidente Norteamericano está tan interesado en no fomentar la "inestabilidad y la violencia" en el Medio Oriente, nos extraña que las autoridades estadounidenses no hayan expresado ningún temor sobre el uso de este tipo de armamento por parte de Israel, que es su principal socio y aliado en esa conflictiva zona. Más aún teniendo en cuenta que el Tsahal (Ejército Judío) explotó más de 100 bombas GBU-28 de uranio empobrecido --provistas por los norteamericanos--, en su última invasión al sur del Líbano. Recordemos a los desmemoriados que el Estado Hebreo cuenta con más de 250 bombas atómicas. Tamaño arsenal bien podría hacer desaparecer del mapa no solo al Medio Oriente, sino también, a todas sus adyacencias, pero esto no parece preocupar en lo más mínimo a las autoridades estadounidenses. Vaya dualidad de criterios.
Pero lo que resulta más sorprendente aún es que, oficialmente, el 27 de julio de 2007 se acaba de anunciar que Estados Unidos y la India han firmado la Iniciativa de Cooperación Nuclear Civil (lo de civil bien sabemos que es puro eufemismo). Un tratado de colaboración en el desarrollo nuclear con el cual Norteamérica premia a su socio y amigo: la India, buscando contrapesos en los juegos geopolíticos a lo que es tan afín la gran Potencia del Norte. Sigue la escalada nuclear y a nadie le interesa ponerle coto.
Como es su costumbre, Estados Unidos sigue fomentando alianzas para la guerra, aunque, a decir verdad, muchas de dichas "alianzas estratégicas" hayan terminado muy mal. Recordemos tan sólo dos de las más recientes y funestas para los propios intereses norteamericanos: Saddam Hussein en Irak y Osama Bin Laden en Afganistán. El primero fue el gran aliado a quien la superpotencia apoyó, brindó armamento, y respaldó económicamente durante la guerra de los ocho años contra Irán. El segundo fue el líder de la resistencia afgana contra la invasión de la URSS, desembozadamente armado y financiado por la CIA. La historia posterior de ambos, son por demás conocidas. La gran Nación del Norte debería haber aprendido a elegir mejor a sus amigos y a no armarlos para la guerra, porque muchos, luego, se han vuelto sus enemigos. ¿No habrá llegado la hora de que amigos y enemigos empecemos a prepararnos para la Paz, o no somos conscientes que una conflagración nuclear terminaría por destruirnos a todos?
Pretender lo anterior es pecar de ingenuos, ya lo sabemos. Perdón, entonces, por la digresión. No nos queda más que volver a la realidad. Debemos aceptarlo, todas las discrepancias que el régimen teocrático de Irán despiertan en Occidente, abonan este discurso belicista de Bush. Es obvio, nadie lo duda, que lo que se intenta hacer con tan altisonantes declaraciones, además repetidas hasta el hartazgo, es preparar el terreno para la invasión a Irán. Lo mismo se hizo antes con Irak, cuando se acusaba al régimen de Saddam Hussein de poseer armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y que, luego de consumada la invasión, la propia CIA debió admitir que sus informes estaban "equivocados". Un "error" mínimo, prácticamente intrascendente, si tenemos en cuenta que el objetivo primordial de la invasión sí se había logrado: Estados Unidos pasaba a controlar las riquezas de uno de los principales productores mundiales de crudo. Todo un éxito, toda una "Belleza Americana" para su industria de hidrocarburos, para el complejo armamentista que sigue facturando como nunca (y las expectativas de futuro siguen al alza), y para las grandes compañías que se beneficiaron con jugosísimos contratos para la reconstrucción de una tierra ajena arrasada por la insaciable sed de petróleo norteamericana.
Irán es el cuarto productor mundial de petróleo. Seguramente todavía no tenga ninguna arma atómica. Pero todo indica que, igualmente, su suerte ya está echada, y por un "puñado de pozos de petróleo"--parafraseando otra famosa película Made in USA--, le ha llegado el turno, como antes ocurrió con Irak.
Gracias a los adelantos tecnológicos del presente, el armamento atómico en los arsenales de las superpotencias no ha dejado de crecer y de volverse mucho más letal. Para peor, este Mundo unipolar parece que hubiera terminado de convencer al "Gendarme del Universo" de que se ha vuelto indestructible y puede hacer lo que se le venga en gana, hasta que algún otro Grande diga basta. Aunque, convengamos, que a esta altura del desarrollo científico, una conflagración atómica a nivel mundial, ni a las cucarachas dejaría con vida. Por eso cuando G. B. Bush habla de que las armas atómicas de Irán (que por ahora sólo existen en los papeles) nos llevarán a estar "bajo la sombra de un holocausto nuclear", nosotros debemos recordar que la única vez que la Humanidad vivió en carne propia esa amenaza, fue cuando Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: un acto vergonzoso que enluta a la condición humana y nos hace emparentar con la barbarie más vil. De todos los que queremos la Paz dependerá que esos actos genocidas hayan sido los primeros, y también los últimos. Si fracasamos en el intento, el Hombre estará condenado a perecer, y la Tierra, a desaparecer de la faz del Universo.
Aplaudimos con vehemencia que el líder de la primera potencia militar mundial se preocupe por este tipo de problemas. Está muy bien que se intente reducir la proliferación nuclear. Lástima que esta preocupación se reduzca, exclusivamente, a impedir que Irán pase a ser el décimo país que posea bombas atómicas. En cambio, hace ya muchos años que nada se dice de limitar ese armamento, tanto para su propio país como para las demás naciones que ya lo poseen, y cuyos desbordados arsenales son tan letales que podrían destruir al Mundo entero no una, sino varias veces. Sobre este peligro real que se cierne sobre la Humanidad toda, y que es una amenaza para el futuro mismo de la Tierra, reina el más absoluto de los silencios: no hemos oído ni una sola iniciativa proveniente de las "autoridades del Mundo" que intenten poner freno a esta esquizofrenia belicista que en su desbocada carrera sigue a riendas sueltas. El tratado de no proliferación de armas nucleares de 1968, y los tratados subsiguientes entre la ex URSS y Estados Unidos, ya nadie los recuerda, ni los respeta: son pura letra muerta.
Ahora bien, ya que el Presidente Norteamericano está tan interesado en no fomentar la "inestabilidad y la violencia" en el Medio Oriente, nos extraña que las autoridades estadounidenses no hayan expresado ningún temor sobre el uso de este tipo de armamento por parte de Israel, que es su principal socio y aliado en esa conflictiva zona. Más aún teniendo en cuenta que el Tsahal (Ejército Judío) explotó más de 100 bombas GBU-28 de uranio empobrecido --provistas por los norteamericanos--, en su última invasión al sur del Líbano. Recordemos a los desmemoriados que el Estado Hebreo cuenta con más de 250 bombas atómicas. Tamaño arsenal bien podría hacer desaparecer del mapa no solo al Medio Oriente, sino también, a todas sus adyacencias, pero esto no parece preocupar en lo más mínimo a las autoridades estadounidenses. Vaya dualidad de criterios.
Pero lo que resulta más sorprendente aún es que, oficialmente, el 27 de julio de 2007 se acaba de anunciar que Estados Unidos y la India han firmado la Iniciativa de Cooperación Nuclear Civil (lo de civil bien sabemos que es puro eufemismo). Un tratado de colaboración en el desarrollo nuclear con el cual Norteamérica premia a su socio y amigo: la India, buscando contrapesos en los juegos geopolíticos a lo que es tan afín la gran Potencia del Norte. Sigue la escalada nuclear y a nadie le interesa ponerle coto.
Como es su costumbre, Estados Unidos sigue fomentando alianzas para la guerra, aunque, a decir verdad, muchas de dichas "alianzas estratégicas" hayan terminado muy mal. Recordemos tan sólo dos de las más recientes y funestas para los propios intereses norteamericanos: Saddam Hussein en Irak y Osama Bin Laden en Afganistán. El primero fue el gran aliado a quien la superpotencia apoyó, brindó armamento, y respaldó económicamente durante la guerra de los ocho años contra Irán. El segundo fue el líder de la resistencia afgana contra la invasión de la URSS, desembozadamente armado y financiado por la CIA. La historia posterior de ambos, son por demás conocidas. La gran Nación del Norte debería haber aprendido a elegir mejor a sus amigos y a no armarlos para la guerra, porque muchos, luego, se han vuelto sus enemigos. ¿No habrá llegado la hora de que amigos y enemigos empecemos a prepararnos para la Paz, o no somos conscientes que una conflagración nuclear terminaría por destruirnos a todos?
Pretender lo anterior es pecar de ingenuos, ya lo sabemos. Perdón, entonces, por la digresión. No nos queda más que volver a la realidad. Debemos aceptarlo, todas las discrepancias que el régimen teocrático de Irán despiertan en Occidente, abonan este discurso belicista de Bush. Es obvio, nadie lo duda, que lo que se intenta hacer con tan altisonantes declaraciones, además repetidas hasta el hartazgo, es preparar el terreno para la invasión a Irán. Lo mismo se hizo antes con Irak, cuando se acusaba al régimen de Saddam Hussein de poseer armas de destrucción masiva que nunca aparecieron y que, luego de consumada la invasión, la propia CIA debió admitir que sus informes estaban "equivocados". Un "error" mínimo, prácticamente intrascendente, si tenemos en cuenta que el objetivo primordial de la invasión sí se había logrado: Estados Unidos pasaba a controlar las riquezas de uno de los principales productores mundiales de crudo. Todo un éxito, toda una "Belleza Americana" para su industria de hidrocarburos, para el complejo armamentista que sigue facturando como nunca (y las expectativas de futuro siguen al alza), y para las grandes compañías que se beneficiaron con jugosísimos contratos para la reconstrucción de una tierra ajena arrasada por la insaciable sed de petróleo norteamericana.
Irán es el cuarto productor mundial de petróleo. Seguramente todavía no tenga ninguna arma atómica. Pero todo indica que, igualmente, su suerte ya está echada, y por un "puñado de pozos de petróleo"--parafraseando otra famosa película Made in USA--, le ha llegado el turno, como antes ocurrió con Irak.
Gracias a los adelantos tecnológicos del presente, el armamento atómico en los arsenales de las superpotencias no ha dejado de crecer y de volverse mucho más letal. Para peor, este Mundo unipolar parece que hubiera terminado de convencer al "Gendarme del Universo" de que se ha vuelto indestructible y puede hacer lo que se le venga en gana, hasta que algún otro Grande diga basta. Aunque, convengamos, que a esta altura del desarrollo científico, una conflagración atómica a nivel mundial, ni a las cucarachas dejaría con vida. Por eso cuando G. B. Bush habla de que las armas atómicas de Irán (que por ahora sólo existen en los papeles) nos llevarán a estar "bajo la sombra de un holocausto nuclear", nosotros debemos recordar que la única vez que la Humanidad vivió en carne propia esa amenaza, fue cuando Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: un acto vergonzoso que enluta a la condición humana y nos hace emparentar con la barbarie más vil. De todos los que queremos la Paz dependerá que esos actos genocidas hayan sido los primeros, y también los últimos. Si fracasamos en el intento, el Hombre estará condenado a perecer, y la Tierra, a desaparecer de la faz del Universo.

