No es novedad, entre compañeros solemos comentar que muchos de nosotros estamos desencantados, desanimados, por el rumbo que ha definido nuestro Gobierno en materia económica. A muchos de nuestros legisladores le hemos hecho llegar nuestras objeciones y nuestras quejas, pero parece que por allí se quedaran. Al Poder Ejecutivo, todo indica, que nunca llegaran. Si no, atengámonos al último discurso de nuestro Presidente donde, palmariamente, declaró que vamos camino al mejor de los mundos y por lo tanto, la política económica no se cambia.
Pero analicemos desde el principio sus palabras. El Primer Mandatario aseguró en su última alocución pública que un país es como una casa, y que desde el principio, el Gobierno decidió "encarar una reforma estructural de la casa, comenzando por sus cimientos y respetando los pilares fundamentales de la construcción". Y pensamos que esta imagen es por demás acertada. No podría haber encontrado otra mejor. Tanto hemos respetado los pilares de la casa, (casa heredada del viejo modelo que siempre combatimos y que en nada se parece a la de nuestros sueños), que finalmente la hemos vuelto mucho más resistente y duradera. Además, lamentablemente, no hemos hecho nada, ni siquiera, para cambiar en algo la mala "distribución" de sus ambientes. Ahora, eso sí, debemos reconocerlo, la gestión de esta casa ha sido tan prolija, tan eficiente y tan cuidadosa, hasta en los mínimos detalles, que hemos recibido las mejores felicitaciones de todos los organismos internacionales de crédito y, también, las mejores notas de las calificadoras de riesgo. En definitiva, hemos sacado hasta el último grano de polvo de todo el mobiliario y lo hemos hecho brillar como nunca, pero claro está, no hemos movido ni un centímetro ningún mueble. Hasta las joyas de la habitación del Tío Rico han vuelto a brillar y a acrecentarse. Es así de sencillo, si de imágenes se trata. Por eso preguntamos, ya que el compañero Presidente no lo dijo, ¿en qué manos quedó este espectacular boom de crecimiento del Producto a tasas del 7%, y de las exportaciones que se duplicaron (3,000 millones más sólo este año respecto a 2004)? Parece que cuando la torta crece, aunque el gobierno sea de izquierda, tampoco se reparte. ¿No sabía Tabaré Vázquez que en estos dos años y medio, la distribución de la riqueza en nuestro País, se volvió más regresiva? ¿No le informaron que el 10% más rico de nuestra población sigue acumulando más riqueza, acaparando y concentrando aún más los ingresos y quedándose con la parte del león de este crecimiento?
Pero profundicemos un poco más sobre este particular. El Presidente destacó la disminución de indigentes y de pobres desde el comienzo de su Administración. Esto debido básicamente a la aplicación del Plan de Emergencia. Plan de Emergencia que era imprescindible concretar al comienzo del período de Gobierno, por la vulnerabilidad social heredada de los gobiernos blanquicolorados que nos precedieron. Pero ahora, que a medio término del período casi llegamos al mejor de los mundos, no entendemos porqué hemos decidido eternizar la asistencia a través del Plan de Equidad. No ha sido siempre la izquierda la que ha sostenido que la pobreza sólo puede erradicarse definitivamente con herramientas que dignifiquen, que integren, que den trabajo decoroso, y que incluyan a los más desplazados en entramados sociales formales. ¿Acaso no nos opusimos desde que tenemos memoria a la "ayuda" que convalida la pobreza y que deja tranquila a nuestras conciencias? ¿Por qué no recreamos el estupendo ejemplo de Bella Unión con ALUR, en todo el País, donde con la directa participación estatal, con la inclusión y con el trabajo digno, se está desterrando la pobreza, la marginación y hasta la insultante mortalidad infantil que existía en aquella zona? ¿Por qué no reproducir ese "modelo" a variadas escalas adaptándolo a las distintas necesidades de producción, de proyectos autogestionados, de trabajo cooperativo, donde los más humildes empiecen a ser los más privilegiados? No tenga duda, compañero Presidente, si el Gobierno estuviera promoviendo ese tipo de emprendimientos a todo nivel, seríamos capaces de esperar todo el tiempo del mundo, empujando y luchando para concretarlos. Nuestro descontento no es por "ansiedad", no es por no darle el tiempo suficiente al Gobierno (no nos olvidemos que esperamos pacientemente décadas, y pagando los más altos precios, para lograr este presente), esto debe quedar claro. Esto que nos pasa no es ansiedad, no son urgencias infundadas, decididamente, es decepción, decepción que sigue profundizándose.
Y siguiendo con este tema, no podemos dejar de reconocer que un número importantísimo de uruguayos, los que están apenas un peldaño más arriba de los más desposeídos, que se han comido todas las verdes y que no ven venir ninguna madura, que no han sido tocados por la varita mágica del asistencialismo, siguen esperando recibir su parte de tanta bonanza. Hablamos, por ejemplo, de los que "gozan" de un trabajo chatarra, doce o más horas al día. Hablamos de las familias que viven amontonados con padres y hermanos para "repartir" el alquiler (que también se ha ido a las nubes). Hablamos de los miles y miles de jubilados que ya no saben cómo "administrar" la paupérrima jubilación que cobran. Hablamos de todos los que han debido estirar como chicle sus magros ingresos para seguir "parando la olla" a raíz de los aumentos desmedidos en los precios de los principales artículos alimenticios. A esos uruguayos, algún día, también, les deberían llegar las mieles del crecimiento.
En relación con el trabajo el Presidente dijo que se habían creado miles de nuevos puestos genuinos. Nosotros, modestamente, vemos otra cosa: tenemos la impresión que en la órbita privada se han creado puestos de muy baja calidad y de muy baja remuneración. Eso es lo que nos dice nuestro entorno, eso es lo que nos dice la realidad. Si no fuera así, ¿se hubieran anotado miles y miles de uruguayos para unos pocos puestos de peones por $ 7.000 en el MTOP? ¿Quién se equivoca, la realidad o el Presidente?
El tema del aumento de los precios de los artículos de primera necesidad estuvo presente en esta alocución. Tabaré Vázquez aseguró que no era un tema para dramatizar y que estaba controlado. Y desde el punto de vista que lo enfoca el Presidente, esto es así de cierto. Incluso luego de su discurso e inmediatamente después que el FMI comunicara su preocupación por este tema, se anunciaron una serie de medidas fiscales para controlar a la inflación. Seguramente con ellas se logre abatir el índice general de precios, que en definitiva parece que fuera lo único que importara: seguir haciendo bien los deberes, que el índice de setiembre ronde el 1%, y que el de Octubre, sea sólo de décimas porcentuales. Mientras tanto, como hace cuatro meses o más, si Doña María y Don José siguen pagando precios astronómicos por el aceite, por la harina, por la carne o por la verdura, mala suerte. Dichas medidas fiscales ni lejanamente aseguran que bajen dichos precios. Sí, sin duda, empujará a la baja el índice general de precios. Y ahí parece que nos quedamos. Pero, ¿qué vamos a hacer luego, sentarnos a esperar por la seca, o por el próximo invierno riguroso, o por los especuladores que están a la orden del día, para que vuelva a suceder lo mismo? Nuestro programa define que el Estado "tendrá una presencia activa y directa en las áreas estratégicas de la economía, desarrollando firmemente su función de articulación y su rol regulador". Entonces, porqué no crear una empresa pública con todas las de la ley, (más que un "ente testigo") que tenga por finalidad abastecer de artículos de primera necesidad al propio Estado (INDA, Primaria, Salud Pública, FFAA, etc.) y a la población en general, para que regule los precios del mercado y ponga coto a la especulación. Esa es la única solución definitiva para un mercado tan pequeño como el nuestro que ha dado sobradas muestras de tener en muchos sectores del abastecimiento manejos oligopólicos. ¿No podría esta empresa pública "asociarse" a pequeñas fábricas y pequeños productores agrícolas, incluso apoyar directamente emprendimientos cooperativos y autogestionarios que provean algunos de sus productos? ¿Por qué no refundar el Frigorífico Nacional ya que hemos recuperado a tanto costo el predio donde supo asentarse? ¿No sería la mejor forma de solucionar el tema de la carne? ¿No debería estar en la potestad estatal, desde nuestro punto de vista ideológico, p. ej., asegurar la cantidad suficiente de trigo, una vez comenzada la cosecha, como para que la harina y el pan no escaseen o su precio se dispare a las nubes, acopiando stocks reguladores? Otro tanto con la carne y también con el arroz, (por suerte con el azúcar ya lo estamos haciendo con ALUR y fue el único producto de la canasta básica que ha bajado). Sería también, la mejor forma de asegurar la "soberanía alimenticia" para nuestro país. No olvidemos que las grandes potencias destinan enormes subsidios para que este tipo de producciones, aún siendo menos eficientes y mucho más costosas, se sigan haciendo en sus suelos, y eventualmente, puedan disponer de ellas sus respectivos Gobiernos, como ha ocurrido tantas veces.
Pero el trago más amargo que recibimos de este discurso es la visión del País en ciernes que nos dejaron estas palabras. Palabras que reafirman que en nada se va a cambiar el rumbo elegido. Y no podemos dejar de preguntarnos, ¿es ese el Uruguay que queremos para el porvenir, y por el que peleamos desde 1971, que cada vez se aleja más de lo soñado? ¿Cuáles son las estructuras que estamos construyendo para el Uruguay del futuro? ¿Una gran estancia con una marcada concentración y extranjerización en la tenencia de la tierra, y con frigoríficos que en su inmensa mayoría terminarán siendo empresas transnacionales? Un Uruguay con inmensos plantíos de soja transgénica en manos de los extranjeros, con el arroz, ahora también en mano de una multinacional, con industrias lecheras que están instalando los extranjeros. Aunque nos opusimos en su momento, debimos aceptar la "inconmensurable" inversión extranjera de Botnia (que dicho sea de paso, ya se está agotando), porque el "paquete" lo había dejado armado el gobierno de Batlle. Está muy bien, no teníamos alternativa. Pero ahora, ¿cuál es la excusa? ¿Seguimos regalando el País a la inversión extranjera que piensa establecer cinco o seis papeleras más? ¿Nos vamos a convertir en una republiqueta eucaliptera, hasta que el monocultivo nos seque la tierra y las ganas de seguir peleando por un Uruguay soberano y de su gente, de los Orientales? ¿Ese es el futuro que le vamos a dejar a nuestros hijos?
Unos pocos días antes del discurso del Presidente, de casualidad, nos encontramos con un viejo compañero, con quien hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Un compañero de los que sufrió la destitución, la cárcel y el exilio. Un veterano "de aquellos" que siempre le dio para adelante. Y obviamente nos pusimos a hablar de política. Lo noté muy ofuscado, casi resentido, y eso que el era un hombre que le veía el lado bueno a todas las cosas. Entre tanto que hablamos, algo que dijo, me tocó muy hondo: "Sabés lo que no le perdono a este Gobierno, es que me haya matado la esperanza. Y eso es lo peor que te puede pasar, pero parece que no se dieran cuenta". Y pensé, por él, por mí y por tantos otros compañeros que luego de 36 años de brega sentimos igual, preguntarle a nuestro Presidente, con toda franqueza y lealtad: ¿a qué País nos lleva, compañero Tabaré?
Pero analicemos desde el principio sus palabras. El Primer Mandatario aseguró en su última alocución pública que un país es como una casa, y que desde el principio, el Gobierno decidió "encarar una reforma estructural de la casa, comenzando por sus cimientos y respetando los pilares fundamentales de la construcción". Y pensamos que esta imagen es por demás acertada. No podría haber encontrado otra mejor. Tanto hemos respetado los pilares de la casa, (casa heredada del viejo modelo que siempre combatimos y que en nada se parece a la de nuestros sueños), que finalmente la hemos vuelto mucho más resistente y duradera. Además, lamentablemente, no hemos hecho nada, ni siquiera, para cambiar en algo la mala "distribución" de sus ambientes. Ahora, eso sí, debemos reconocerlo, la gestión de esta casa ha sido tan prolija, tan eficiente y tan cuidadosa, hasta en los mínimos detalles, que hemos recibido las mejores felicitaciones de todos los organismos internacionales de crédito y, también, las mejores notas de las calificadoras de riesgo. En definitiva, hemos sacado hasta el último grano de polvo de todo el mobiliario y lo hemos hecho brillar como nunca, pero claro está, no hemos movido ni un centímetro ningún mueble. Hasta las joyas de la habitación del Tío Rico han vuelto a brillar y a acrecentarse. Es así de sencillo, si de imágenes se trata. Por eso preguntamos, ya que el compañero Presidente no lo dijo, ¿en qué manos quedó este espectacular boom de crecimiento del Producto a tasas del 7%, y de las exportaciones que se duplicaron (3,000 millones más sólo este año respecto a 2004)? Parece que cuando la torta crece, aunque el gobierno sea de izquierda, tampoco se reparte. ¿No sabía Tabaré Vázquez que en estos dos años y medio, la distribución de la riqueza en nuestro País, se volvió más regresiva? ¿No le informaron que el 10% más rico de nuestra población sigue acumulando más riqueza, acaparando y concentrando aún más los ingresos y quedándose con la parte del león de este crecimiento?
Pero profundicemos un poco más sobre este particular. El Presidente destacó la disminución de indigentes y de pobres desde el comienzo de su Administración. Esto debido básicamente a la aplicación del Plan de Emergencia. Plan de Emergencia que era imprescindible concretar al comienzo del período de Gobierno, por la vulnerabilidad social heredada de los gobiernos blanquicolorados que nos precedieron. Pero ahora, que a medio término del período casi llegamos al mejor de los mundos, no entendemos porqué hemos decidido eternizar la asistencia a través del Plan de Equidad. No ha sido siempre la izquierda la que ha sostenido que la pobreza sólo puede erradicarse definitivamente con herramientas que dignifiquen, que integren, que den trabajo decoroso, y que incluyan a los más desplazados en entramados sociales formales. ¿Acaso no nos opusimos desde que tenemos memoria a la "ayuda" que convalida la pobreza y que deja tranquila a nuestras conciencias? ¿Por qué no recreamos el estupendo ejemplo de Bella Unión con ALUR, en todo el País, donde con la directa participación estatal, con la inclusión y con el trabajo digno, se está desterrando la pobreza, la marginación y hasta la insultante mortalidad infantil que existía en aquella zona? ¿Por qué no reproducir ese "modelo" a variadas escalas adaptándolo a las distintas necesidades de producción, de proyectos autogestionados, de trabajo cooperativo, donde los más humildes empiecen a ser los más privilegiados? No tenga duda, compañero Presidente, si el Gobierno estuviera promoviendo ese tipo de emprendimientos a todo nivel, seríamos capaces de esperar todo el tiempo del mundo, empujando y luchando para concretarlos. Nuestro descontento no es por "ansiedad", no es por no darle el tiempo suficiente al Gobierno (no nos olvidemos que esperamos pacientemente décadas, y pagando los más altos precios, para lograr este presente), esto debe quedar claro. Esto que nos pasa no es ansiedad, no son urgencias infundadas, decididamente, es decepción, decepción que sigue profundizándose.
Y siguiendo con este tema, no podemos dejar de reconocer que un número importantísimo de uruguayos, los que están apenas un peldaño más arriba de los más desposeídos, que se han comido todas las verdes y que no ven venir ninguna madura, que no han sido tocados por la varita mágica del asistencialismo, siguen esperando recibir su parte de tanta bonanza. Hablamos, por ejemplo, de los que "gozan" de un trabajo chatarra, doce o más horas al día. Hablamos de las familias que viven amontonados con padres y hermanos para "repartir" el alquiler (que también se ha ido a las nubes). Hablamos de los miles y miles de jubilados que ya no saben cómo "administrar" la paupérrima jubilación que cobran. Hablamos de todos los que han debido estirar como chicle sus magros ingresos para seguir "parando la olla" a raíz de los aumentos desmedidos en los precios de los principales artículos alimenticios. A esos uruguayos, algún día, también, les deberían llegar las mieles del crecimiento.
En relación con el trabajo el Presidente dijo que se habían creado miles de nuevos puestos genuinos. Nosotros, modestamente, vemos otra cosa: tenemos la impresión que en la órbita privada se han creado puestos de muy baja calidad y de muy baja remuneración. Eso es lo que nos dice nuestro entorno, eso es lo que nos dice la realidad. Si no fuera así, ¿se hubieran anotado miles y miles de uruguayos para unos pocos puestos de peones por $ 7.000 en el MTOP? ¿Quién se equivoca, la realidad o el Presidente?
El tema del aumento de los precios de los artículos de primera necesidad estuvo presente en esta alocución. Tabaré Vázquez aseguró que no era un tema para dramatizar y que estaba controlado. Y desde el punto de vista que lo enfoca el Presidente, esto es así de cierto. Incluso luego de su discurso e inmediatamente después que el FMI comunicara su preocupación por este tema, se anunciaron una serie de medidas fiscales para controlar a la inflación. Seguramente con ellas se logre abatir el índice general de precios, que en definitiva parece que fuera lo único que importara: seguir haciendo bien los deberes, que el índice de setiembre ronde el 1%, y que el de Octubre, sea sólo de décimas porcentuales. Mientras tanto, como hace cuatro meses o más, si Doña María y Don José siguen pagando precios astronómicos por el aceite, por la harina, por la carne o por la verdura, mala suerte. Dichas medidas fiscales ni lejanamente aseguran que bajen dichos precios. Sí, sin duda, empujará a la baja el índice general de precios. Y ahí parece que nos quedamos. Pero, ¿qué vamos a hacer luego, sentarnos a esperar por la seca, o por el próximo invierno riguroso, o por los especuladores que están a la orden del día, para que vuelva a suceder lo mismo? Nuestro programa define que el Estado "tendrá una presencia activa y directa en las áreas estratégicas de la economía, desarrollando firmemente su función de articulación y su rol regulador". Entonces, porqué no crear una empresa pública con todas las de la ley, (más que un "ente testigo") que tenga por finalidad abastecer de artículos de primera necesidad al propio Estado (INDA, Primaria, Salud Pública, FFAA, etc.) y a la población en general, para que regule los precios del mercado y ponga coto a la especulación. Esa es la única solución definitiva para un mercado tan pequeño como el nuestro que ha dado sobradas muestras de tener en muchos sectores del abastecimiento manejos oligopólicos. ¿No podría esta empresa pública "asociarse" a pequeñas fábricas y pequeños productores agrícolas, incluso apoyar directamente emprendimientos cooperativos y autogestionarios que provean algunos de sus productos? ¿Por qué no refundar el Frigorífico Nacional ya que hemos recuperado a tanto costo el predio donde supo asentarse? ¿No sería la mejor forma de solucionar el tema de la carne? ¿No debería estar en la potestad estatal, desde nuestro punto de vista ideológico, p. ej., asegurar la cantidad suficiente de trigo, una vez comenzada la cosecha, como para que la harina y el pan no escaseen o su precio se dispare a las nubes, acopiando stocks reguladores? Otro tanto con la carne y también con el arroz, (por suerte con el azúcar ya lo estamos haciendo con ALUR y fue el único producto de la canasta básica que ha bajado). Sería también, la mejor forma de asegurar la "soberanía alimenticia" para nuestro país. No olvidemos que las grandes potencias destinan enormes subsidios para que este tipo de producciones, aún siendo menos eficientes y mucho más costosas, se sigan haciendo en sus suelos, y eventualmente, puedan disponer de ellas sus respectivos Gobiernos, como ha ocurrido tantas veces.
Pero el trago más amargo que recibimos de este discurso es la visión del País en ciernes que nos dejaron estas palabras. Palabras que reafirman que en nada se va a cambiar el rumbo elegido. Y no podemos dejar de preguntarnos, ¿es ese el Uruguay que queremos para el porvenir, y por el que peleamos desde 1971, que cada vez se aleja más de lo soñado? ¿Cuáles son las estructuras que estamos construyendo para el Uruguay del futuro? ¿Una gran estancia con una marcada concentración y extranjerización en la tenencia de la tierra, y con frigoríficos que en su inmensa mayoría terminarán siendo empresas transnacionales? Un Uruguay con inmensos plantíos de soja transgénica en manos de los extranjeros, con el arroz, ahora también en mano de una multinacional, con industrias lecheras que están instalando los extranjeros. Aunque nos opusimos en su momento, debimos aceptar la "inconmensurable" inversión extranjera de Botnia (que dicho sea de paso, ya se está agotando), porque el "paquete" lo había dejado armado el gobierno de Batlle. Está muy bien, no teníamos alternativa. Pero ahora, ¿cuál es la excusa? ¿Seguimos regalando el País a la inversión extranjera que piensa establecer cinco o seis papeleras más? ¿Nos vamos a convertir en una republiqueta eucaliptera, hasta que el monocultivo nos seque la tierra y las ganas de seguir peleando por un Uruguay soberano y de su gente, de los Orientales? ¿Ese es el futuro que le vamos a dejar a nuestros hijos?
Unos pocos días antes del discurso del Presidente, de casualidad, nos encontramos con un viejo compañero, con quien hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Un compañero de los que sufrió la destitución, la cárcel y el exilio. Un veterano "de aquellos" que siempre le dio para adelante. Y obviamente nos pusimos a hablar de política. Lo noté muy ofuscado, casi resentido, y eso que el era un hombre que le veía el lado bueno a todas las cosas. Entre tanto que hablamos, algo que dijo, me tocó muy hondo: "Sabés lo que no le perdono a este Gobierno, es que me haya matado la esperanza. Y eso es lo peor que te puede pasar, pero parece que no se dieran cuenta". Y pensé, por él, por mí y por tantos otros compañeros que luego de 36 años de brega sentimos igual, preguntarle a nuestro Presidente, con toda franqueza y lealtad: ¿a qué País nos lleva, compañero Tabaré?

