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martes, 23 de octubre de 2007
El pensamiento racista que prima en el Primer Mundo en las palabras de un Premio Nobel. Palabras que además, quieren demostrar la existencia de una raza superior con argumentos pseudo científicos. Vergüenza para la Ciencia y vergüenza para la Humanidad toda. El colonialismo que expolió y saqueó al Tercer Mundo y que se basó en esos mismo principios para su justificación. La arremetida xenófoba e intolerante que no es más que la versión actual del mismo fenómeno. ¿Cuánto hacemos para que esto cambie?


RACISMO, NEOCOLONIALISMO Y XENOFOBIA.

El científico estadounidense James Watson, ganador del Premio Nobel de Medicina en 1962, causó revuelo por algunas declaraciones proporcionadas al “The Sunday Times Magazine” de Londres, donde establecía, entre otras cosas, que: las políticas sociales en África fracasan porque no tienen en cuenta que “los negros son menos inteligentes que los blancos”.

Estas declaraciones hechas por este famoso genetista, codescubridor del ADN en 1953, no hacen más que reafirmar su marcada inclinación racista, que además, se agregan a los comentarios denigrantes que en más de una ocasión ya había hecho en contra de las mujeres y de los homosexuales. Sin embargo, en esta oportunidad, rebasó hasta sus propios límites, no sólo por sus dichos, sino también por tratar de dar una justificación “científica” de los mismos.

Por el camino de Hitler.
Pero antes que nada, y como simple aclaración, en la actualidad existe una gran controversia acerca de la definición de la inteligencia humana. A pesar de esto, los más renombrados estudiosos del tema tienden a coincidir en el concepto de que existen tantas inteligencias como capacidades ha desarrollado el ser humano. El famoso coeficiente intelectual (CI o IQ en inglés) no es más que la medida de la inteligencia lógico-matemática (todavía con muchas salvedades y objeciones), dejando de lado otras capacidades o inteligencias humanas. Ahora bien, si tal es la controversia para definir la inteligencia a nivel de cada ser humano considerado individualmente, acaso, ¿no es un despropósito tratar de fijar la existencia de una inteligencia racial o étnica que sea tal en relación directa al calor de la piel? ¿No es un absurdo que en los albores del siglo XXI estemos planteando esto, y que quien lo haga sea un Premio Nobel?

He aquí, entonces, uno de los aspectos más preocupantes de sus palabras: por provenir de alguien con su investidura, y por la defensa pseudo científica que Watson hace, postulando la existencia de una raza de inteligencia superior. Y eso si que es grave: nos retrotrae a uno de los períodos más oscuros de la Humanidad cuando Hitler esgrimía “verdades científicas” (valiéndose de muchos “aportes” de renombrados filósofos y científicos que justificaban el racismo) para autoproclamar la superioridad de la raza aria. Millones de vidas se perdieron tratando de imponer la “pureza étnica” y “la solución final” durante este macabro capítulo de la Historia. ¿Qué hemos aprendido desde entonces?

Y lamentablemente, tantísimos hechos del presente nos dicen que no hemos avanzado nada desde aquellos días. ¿Cuánto ha aprendido el pueblo judío que sufrió en carne propia estas atrocidades? Mal que nos pese, muy poco. Son bien conocidas las prohibiciones de ingreso a Israel de judíos etíopes por su condición de negros. Además, resultan vergonzosos los brotes de violencia racista entre jóvenes judíos de los últimos tiempos, sobre todo en perjuicio de los judíos sefaradíes y de los judíos de origen árabe. Ni que hablar de la discriminación y la humillación que han impuesto al pueblo palestino en los territorios autónomos, convirtiéndolos en un gran ghetto amurallado y controlado por el Ejército israelí, en los que se ha confinado a dicho pueblo, sumiéndolo en la pobreza, en la marginación, en la falta de servicios y en los cortes de los pocos existentes, como hace muy poco ocurrió en la Franja de Gaza por decisión del Gobierno Judío. ¿Es fomentando la segregación y el odio que se va a lograr la Paz?

Tutela Imperial: pueblos esquilmados.
Pero, volviendo a las declaraciones de Watson, sus palabras, que son discriminación pura, van mucho más allá de eso, trascienden el concepto del racismo y tomándolo por base reafirman un pensamiento que ha sido capital en el Primer Mundo para convalidar la sangría y la brutal expoliación que han sufrido sus antiguas colonias: la existencia de pueblos del Tercer Mundo atrasados, primitivos, que deben ser guiados, tutelados, ayudados y asistidos, porque no se saben valer por sí mismos. Esto está en la esencia del colonialismo de antaño, y con algunas formas un poco más sutiles, en el neocolonialismo del presente (antes eran los ejércitos de ocupación los que aseguraban los recursos de las colonias para la metrópoli, ahora son las transnacionales las que hacen el mismo trabajo).

Las ex potencias colonialistas nunca han querido reconocer que el atraso y la degradación de muchos pueblos del Tercer Mundo es la obra directa de su dominio, que es la consecuencia de la explotación salvaje y del saqueo de las riquezas naturales a que fueron sometidos dichos pueblos en la época colonial.

Un solo ejemplo de esto: la dominación de Gran Bretaña sobre la India. Analicémosla someramente. Antes de la penetración británica, los barcos indios surcaban todos los mares. Su industria naval estaba tan adelantada que “hasta 1802 los buques de guerra británicos eran construidos por la India, e Inglaterra compraba los planos a los constructores indios. Hasta comienzos del siglo XIX los productos de los astilleros de la India se equiparaban técnicamente con los navíos transoceánicos de la Gran Bretaña. Después de un siglo de “civilización” inglesa, la India quedó reducida a su mínima expresión, empobrecida y atrasada. Pero la potencia dominante no reconoció que fue su acción la que la llevó a tales resultados, sino todo lo contrario. Los imperialistas británicos manifestaron públicamente que no habían podido hacer nada porque el indio era “… un ser casi reducido a simples funciones animales en las que incluso se desempeña mediocremente. Su competencia y habilidad en los contados sectores profesionales a que está limitado, apenas si sobrepasa la destreza que puede adquirir cualquier animal de análoga conformación, pero de inteligencia nunca superior a la de un perro, un elefante o un mono… lo que basta para convencernos de que tal pueblo no ha podido nunca encontrarse en un estado de mayor adelanto cívico”. Por suerte ya van para 60 años que la India rompió sus cadenas con los británicos, y el “adelanto cívico” que ha conseguido desde que dejó de ser colonia hasta hoy, la lleva a ser la segunda potencia emergente, que muy pronto superara económicamente al Reino Unido, el otrora amo imperial que la dominó hasta esquilmarla.

“La Jaula de las Locas” 20 años después.
En definitiva, debemos sincerarnos, lo que Watson expresa es lo que se siente y lo que se vive en la mayoría de los países desarrollados. En las principales sociedades del Primer Mundo son cada vez más virulentas las muestras de racismo, de xenofobia y de discriminación que sufren las minorías étnicas emparentadas con los antiguos esclavos, o con los inmigrantes que provienen básicamente de las perdidas posesiones coloniales. Por más que recientemente se haya celebrado en el Reino Unido el bicentenario de la abolición del tráfico de esclavos, o por más homenajes que se realicen a M.L. King, los países del Primer Mundo siguen siendo profundamente racistas. Incluso connotados xenófobos acaparan cada vez mayores cuotas de poder en toda Europa, y algunos han llegado al poder como ha ocurrido en Francia, en Austria, y en Polonia. ¿Ese es el Mundo que el desarrollo nos brinda? Un Mundo donde se construyen muros interminables para proteger las fronteras; donde los inmigrantes se vuelven enemigos y delincuentes; donde se es cada vez más intolerante con el “distinto”, con la mujer, con el homosexual, con el pobre, con el musulmán; donde se elaboran teorías como la del “choque de civilizaciones” que promueve la ideología del miedo y fomentan “guerras santas” contra el “eje del mal”. Está claro que ese es el Mundo que tenemos, pero que no es el Mundo que queremos.

Hace unos días, de casualidad, volvimos a ver “La Jaula de las Locas”, una película que posiblemente tenga más de veinte años de estrenada. Hubo una escena que nos conmovió y que ya no recordábamos. En un momento Ugo Tognazzi se sienta a desayunar y un joven moreno, parte de aquella casa y bailarín de la Jaula de las Locas, vestido como una mucama, le sirve un café. El italiano regaña al joven francés por el café que le ha servido diciéndole: “ustedes los franceses son un desastre preparando café. Deberían aprender de nosotros los italianos.” El moreno, a pesar de la crítica, se pone a saltar de alegría y le contesta: “Gracias. Nunca me había pasado. Es la primera vez que me llaman francés. Siempre me han dicho negro o marica.” Y aunque nos duela, desde aquellos días hasta ahora, nada ha mejorado, sin duda que ha empeorado y bastante. En la Francia de hoy, a un mucamo como el de la película, además de increparlo con insana violencia por su condición de negro o de homosexual, seguramente, también tengan que pedirle un certificado de ADN gracias al xenófobo de Sarkozy y a sus nuevas leyes de inmigración.

Entonces, por todo esto y por mucho más, ¿podemos seguir permitiendo que el futuro de la Humanidad se siga construyendo de este modo? ¿Cuándo nos daremos cuenta que el Mundo es uno solo y que, más temprano que tarde, lo deberemos compartir entre todos por igual, tanto de este lado de la frontera como de aquel otro? ¿Cuándo podremos decir definitivamente que el Hombre es solo uno, y que la única raza que existe es la raza humana?





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