Podríamos destacar al año 2007 como el año en que definitivamente se instaló el debate acerca del cambio climático. Nadie duda que este problema sea muy grave. Se han sucedido múltiples anomalías climáticas que han causado terribles catástrofes en los últimos tiempos. Ahora, ¿esto ocurre solamente por falta de regulaciones ambientales, o es un problema que va más allá de ello? Tales regulaciones, obviamente, son necesarias, pero no son suficientes. Y ya es hora de que comencemos a llamarle a las cosas por su nombre. Nos guste o no, el cambio climático es consecuencia directa del sistema de organización económica, social y política que rige al Mundo: el capitalismo. Capitalismo que se ha vuelto inexpugnable en las dos últimas décadas. Un modelo que, sin oposición ni frenos, ha ido mucho más allá, ha superado sus propios límites, ha alcanzado un nivel superior en su evolución: lisa y llanamente estamos viviendo la fase capitalista de la devastación. Sí, el capitalismo rampante ha alcanzando un estadio superior en su desarrollo, hoy ya no alcanza con explotar al Hombre, también es necesario esquilmar a la Tierra. Ese afán de lucro descomunal, de competencia feroz, y de consumo desmedido, es lo que lo lleva a ello.
Y cada uno de nosotros, cuando nos hacemos parte del consumo desmedido que dilapida recursos no renovables, nos volvemos un engranaje fundamental en su funcionamiento. Algún día podremos cambiar nuestra mentalidad y reformular nuestros valores. Será el día que definitivamente entendamos que los cosas por las que vale la pena vivir, son aquellas que no cotizan en bolsa ni se venden en ningún mercado.
Lamentablemente, hemos conseguido que el reloj del Mundo se echara a andar y haya comenzado con su cuenta regresiva. El capitalismo que nació nutriéndose de la sangre de los esclavos, de la sangre de las colonias, y de la sangre de los trabajadores, ahora, más voraz e insaciable que nunca, además, necesita de la sangre de la Tierra, y nada va a pararlo hasta dejarla seca. Nuestros hijos y nietos merecen un lugar dónde vivir. En este Mundo, claro está, no en otro.
Y cada uno de nosotros, cuando nos hacemos parte del consumo desmedido que dilapida recursos no renovables, nos volvemos un engranaje fundamental en su funcionamiento. Algún día podremos cambiar nuestra mentalidad y reformular nuestros valores. Será el día que definitivamente entendamos que los cosas por las que vale la pena vivir, son aquellas que no cotizan en bolsa ni se venden en ningún mercado.
Lamentablemente, hemos conseguido que el reloj del Mundo se echara a andar y haya comenzado con su cuenta regresiva. El capitalismo que nació nutriéndose de la sangre de los esclavos, de la sangre de las colonias, y de la sangre de los trabajadores, ahora, más voraz e insaciable que nunca, además, necesita de la sangre de la Tierra, y nada va a pararlo hasta dejarla seca. Nuestros hijos y nietos merecen un lugar dónde vivir. En este Mundo, claro está, no en otro.

